La Redención del Ángel


    ¡El telón se levanta! ¡Las palmas suenan en regocijo! ― ¡He aquí al fantasma! ―Exclama alguien entre la multitud. El aire, impulsado entre los tubos del órgano, se transforma en ceremoniosa melodía para dar bienvenida al fantasma. Las teclas siguen insuflando aire potentemente mientras el resto de la orquesta sigue su ritmo. La emoción en su pecho apenas si puede ser contenida. La música del fantasma es hechizante y acaricia sus tímpanos «Estoy aquí» un susurro leve penetra en sus oídos como una tierna caricia, atendiendo sus suplicantes deseos de verle al subir el telón.

    Cuando por fin puede contener su emoción, la tela de terciopelo rojo deja entrever su figura. Esbelta, alta y masculina. Gallarda. El traje negro parece brillar más que las plumas de un cuervo―. Tan negro como la noche son sus ojos―, un susurro escapa de sus labios carmesí. Mandíbula marcada y fuerte, con apenas rastro de barba alguna, ojos penetrantes y afilados tras la máscara. «¡Esa mascara!» Exclama ella entre sus pensamientos. Una máscara marfil tallada especialmente para él, para dejar entrever el resto de sus facciones―. Parece esculpida sobre su rostro―, dice asombrada.

    Los violines comienzan a sonar mientras el preludio de Christine Daaé inicia. La voz fina de la joven que la interpreta parece angelical y devota, casi celestial. Sin embargo, eso no le importa―. ¿Dónde está? ―le pregunta a la nada, suplicante al ver que ha desaparecido

― ¿A quién te refieres? ―pregunta su acompañante mientras aprieta su mano para sentir el calor de su emoción―. Vamos, que sé que no quieres perderte nada de la obra. No te distraigas―, le susurra al oído provocativamente, pero ella siente una helada sensación ante su cercanía―. ¿Ocurre algo? ―pregunta este al ver su rostro pálido.

―No, solo… bueno, siento mucha emoción al ver esta obra. Sabes como soy―, dice mientras sus mejillas se tornan rosadas por la vergüenza. «Seguramente lo he imaginado todo» piensa mientras coquetea con los recuerdos de su imaginación «Esa mascara era perfecta, pero... ¿Cómo?» se distrae un momento. 

    El resto del elenco interpreta con total talento y emoción cada una de las escenas, no dejándola indiferente ante sus voces maestras. El vestuario, fino y elegante, concuerda a lo que ella esperaba. Hasta la Prima Donna hace alarde de la original: preciosa, pretensiosa, orgullosa y talentosa, pero…― ¿Qué es esto? ―susurra mientras ve que el telón comienza a bajar mientras las luces difuminan el ambiente. Los violines se vuelven más siniestros y las personas parecen apenas emitir un suspiro de vida. Una sensación extraña de desolación se apodera de la sala.

    La música ha cambiado, dejando paso al melodioso tono del flautín―. El ángel en el espejo―, anuncia ella, pero nadie parece prestar atención a sus palabras―. Esta pieza no va justo después―, dice desconcertada.

    Detiene su mirada en el centro del escenario, una única luminaria se fija en su punto de atención. Puede verlo ahí, parado con aire misterioso. Ahora, portando una capa negra brillante sobre su espalda, extiende el brazo para hacer reverencia ante el público. Vítores y aplausos se escuchan por todo el auditorio. Sus penetrantes ojos negros se desvían hacía su asiento, atravesándola con total devoción. Se yergue nuevamente con aire altivo y camina lentamente sobre el escenario para, luego, volver a realizar una reverencia ante ella. Su mirada parece hablarle, pero ella es incapaz de soltar siquiera un suspiro de emoción. Se ha quedado paralizada «Es real» se dice mientras sus miradas se mantienen fijas sin sentido del tiempo.

―Tienes que ser real―, anuncia sin quitarle los ojos de encima. Parece haber captado sus palabras, porque aprieta ligeramente la mirada y esboza una leve sonrisa, sin embargo, no puede distinguir entre galantería y satisfacción… «Su sonrisa parece siniestra» piensa confundida, pero su rostro, asombrado, no parece transmitir tal pensamiento.

    Él extiende una mano hacía ella. Sube al escenario obedientemente mientras siente el calor chispeante de sus dedos, entrelazados con los de ella― ¿Por qué yo? ―pregunta suplicante ante una respuesta que nunca recibirá. En su lugar, únicamente recibe una sonrisa y una mirada lasciva―. ¿A dónde vamos? ―pregunta mientras atraviesa el resto del escenario dirigiéndose, ambos, hacía un hermoso espejo de brocados plateados empotrado en la pared trasera del escenario. Sin darse cuenta, siente las manos gélidas de él sobre su cintura apoyando sus labios sobre su cuello. De pronto escucha, en un susurro gutural, la voz con la que siempre había soñado desde niña―: Christine… Christine… Christine…


***


―No sigas por favor―. Suplica la bailarina a su compañera―.  Eso no puede ser posible. No puedes estar hablando en serio―, dice en tono sarcástico mientras su compañera niega con la cabeza.

―Lo digo muy enserio. Esa es la razón por la que el director no usa aquel espejo.

―Pero si es precioso. Siempre se ha utilizado para la escena del ángel. En el que Christine es llevada a la guarida del fantasma ¿Por qué no usarlo entonces?

―Se nota que eres nueva. ¿No te he contado ya la historia? ―inquiere esta con impaciencia ante la incredulidad de su compañera

―Es que simplemente no puedo creerte. Nadie podría―, se defiende la otra

―Te digo que es mejor que no te acerques a ese espejo. Las pocas que se han atrevido pueden escuchar el tarareo angelical de un hombre, para después escuchar una y otra vez el llanto de una mujer. Es como si suplicase un descanso para su alma. El director cree que el fantasma solo pide redención por la traición de Christine Daaé o, como él le llama “La Redención del Ángel”

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