Resplandores de Lluvia

Cuando vemos nubes grises en el cielo damos por hecho de que una tormenta azotara la tierra e inmediatamente sacamos el paraguas. Cuando miro al cielo, una parte de mí dice lo mismo que los demás, pero hay otra, más oculta, que dice algo distinto.

En una noche inusual de verano, cuando los grillos arrullaban entre la densa oscuridad, nos encontrábamos frente a la ventana. Felices de que mañana se celebraría el cumpleaños de uno de los dos, pero no alcanzo a recordar a quién pertenecía el festejo. Solo recuerdo que vimos esas nubes grises, plagando el cielo como las estrellas en la lejanía. No había tintineos resplandecientes en el cielo. Una bóveda gris se instaló sobre la casa y un viento sibilante atravesaba las ramas del viejo eucalipto que teníamos en el jardín. Las ramas se mecían; las más nuevas danzaban en lo más alto del tronco, mientras las más viejas se aferraban al viento como garras huesudas y fuliginosas. Pude sentir el olor mentolado y fresco de las hojas.

 Estábamos sentados sobre el alfeizar de la ventana, atenazados para resguardar el calor que el viento luchaba por asaltar al entrar por las grietas de las paredes. Me tomaste de la mano y dijiste, casi susurrando a mi oído como quién teme que sea escuchado ¿Ves las nubes? ¿Ves el brillo plateado que la luna refleja sobre la textura densa de estas? , asentí recostándome sobre tu pecho. Te estabas congelando.

 Hay cierta misticidad en el ambiente esta noche ¿No te parece?

¿Lo crees así? respondiste tratando de verme a los ojos evadiendo la silueta de mi cabello. Suspiraste, pero no sentí el halo de aliento que salió de tu boca. Tal vez tienes razón. Es una noche llena de misticidad y de fuerzas ódicas. Me di la vuelta y clave mi mirada sobre la tuya, no hablas en serio ¿Desde cuándo crees en esas teorías sensacionalistas y fantásticas? Además ¿Qué sabes tú sobre fuerzas ódicas? me di la vuelta y me eché de nuevo sobre tu pecho observando el paso lánguido y extenuante de la tormenta próxima.

 

Las fuerzas ódicas, cariño, son fuerzas vitales producidas por el calor o por fuerzas magnéticas, incluso por los rayos que trae consigo esa tormenta que nos acecha desde arriba. Te pregunté sobre la luz plateada que traen consigo las nubes ¿La ves?

Por supuesto, también pensé en eso, pero no creí que tú lo hicieras.

Pues sí que me he fijado en ellas. Supongo que sabes que las fuerzas ódicas son, para gente como tú y como yo… si, para gente como yo también, visibles ante una prolongada oscuridad. No es de extrañar que veamos esa aura mística en el cielo en estos momentos, la noche ha engullido todo rastro de luz diurna y, estando nuestra casa en un lugar tan remoto como este, no tenemos luces vecinas obstruyendo el cuadro nocturno.

En eso te doy la razón, pero hay algo que no puedo permitir que olvides. Te observé y enarcaste una ceja, la más tupida, inquisitivo. En la Alemania campesina, aquella en la que se creía todo lo relacionado a espantos y desaparecidos; a no muertos y espíritus que se llevaban a los niños a medianoche, ese resplandor de la luna proyectado sobre las nubes significa la aparición de huéspedes ¿Sabes de qué clase? Te echaste a reír apoyando la cabeza sobre la pared.

No estarás hablando en serio. Concuerdo en que eso se puede sentir en un lugar tan solitario como este, pero ¿Visitas espectrales? ¿Huéspedes sacados de lo negro? Estarás mofándote de mí.

¿Lo dudas? ¿Qué tal huéspedes espectrales sacados de lo negro del averno? ¿Te gusta más esa descripción? Lancé mi mirada más estoica que tenía a la mano, para mí no era un juego.

Lo siento, cariño, pero me has tomado por sorpresa. Soy más científico que esotérico, eso te consta, dijiste atrapando uno de mis rizos con tus dedos largos y blancuzcos. Sí que tenías frío, el tacto de tu piel contra mi cabello se sentía como el susurro de un muerto salido de la tumba. Yo también tenía frío.

Es posible, pero esta noche, esta noche, si prestas atención, notaras que los cristales y los vidrios que cubren las ventanas parecen exhalar luz propia, reflejo de la iluminación que proyectan esas nubes en el cielo. ¿Escuchas eso?

¿Qué cosa?

La lluvia, acaba de empezar a caer.

Escogidos fueron los lugares en los que gruesas y rapaces gotas de lluvia cayeron esa noche. Después de unos minutos observando en la ventana, vimos como aquella llovizna se convertía en un vendaval que hacía que el viejo eucalipto se inclinara, con sus ramas enjutas, hacía la casa. Pero había una peculiaridad en aquella lluvia nocturna ¿Qué era? No puedo recordar con exactitud, pero sé que faltaba algo.

La luz no desaparece ¿Lo notas? dijiste soñoliento, pero para mí la ausencia de algo tenía más efecto que lo que sobraba en el cielo.

Truenos. Me miraste dudoso. No escucho ningun trueno, ni veo un rayo, ni antes ni durante esta tormenta. Es como si la lluvia hubiese aparecido de pronto sin aviso alguno, sin escoltas que avisaran el resguardarse de ella.

Tienes razón. Es extraño.

¿Recuerdas aquel poema que te leí hace dos noches? Estábamos frente al hogar viendo cómo se consumían los leños entre las llamas y se me ocurrió leerte ese escrito.

Lo recuerdo sí, pero me temo que no presté mucha atención. Creo que era de Lord Byron ¿Acierto o me darás un golpe en el pecho por olvidadizo? ambos esbozamos una sonrisa porque sabíamos que no era capaz de hacer algo así, nos queríamos demasiado.

Así es, era de Lord Byron. Narraba la historia de un líder del islam, «Hasán» era su nombre, asesinado por un gitano turco que le arrebato el amor de una de sus concubinas más queridas. Hasan murió para obtener retribución por la infidelidad de su concubina y el «Giaour», pero termino muerto por la espada de este. Sin embargo, ni la concubina Leila ni el Giaour pudieron estar juntos porque ella fue condenada a muerte antes de que este la reclamara. Vagó como muerto viviente entre monasterios cristianos lamentando la muerte de su amada. ¿Recuerdas las palabras que escribió Lord Byron para condenar el asesinato de Hasan?

Creo que sí. Decía algo referido a que el turco vagaría por la tierra, ni como muerto ni como vivo. Acecharía por las noches, saliendo de su tumba, para sorber el líquido vital de su propia estirpe.

Maldición sería para él cuando su propia sangre, su hija, le dijese «Padre» antes de ver marchar la vida de sus ojos al sorbérsela por completo. Maldito sería porque tendría que alimentarse de su propia sangre.

¿Por qué mencionas un tema tan escabroso en una noche como esta, cielo? . Preguntaste buscando mi mirada. Sentí tus brazos rodeando mi cuerpo y miré hacia el cielo suspirando.

Porque hoy diré «¡Padre!» y no habrá consuelo para mí ni para el hombre que amo. Ahí está, parado junto al eucalipto. Lleva varios minutos, desde el inicio de la tormenta, observándonos con apetencia impetuosa.

Esa noche nos convertimos en las luces del cielo cuando la lluvia cesó. No te vi al despertar, pero supe que seguirías frío como aquella noche, tan gélido y desgarrado como la negrura de la noche en la que lo vi parado junto al eucalipto. 

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