Un Sueño en las Llanuras

    El comienzo de la tarde es resplandeciente. Los lirios apostados en la entrada de la portezuela que da a la calle brillan contra los rayos del sol. El viento comienza a transformarse en ráfagas azarosas traspasando las enredaderas. El cielo azul zafiro se extiende en lo alto cortado en el horizonte por filas de tejados roídos y oxidados. Una golondrina se posa sobre la barandilla del balcón y emite un sonoro gorjeo que acompaña al viento que hace volcar las puertas del ventanal. Un suspiro melancólicamente jovial sale de mi interior. Recostada sobre la pared, observando las flores del jardín que me miran con la misma indiferencia que el cielo, apoyo la cabeza sobre la columna de la puerta y me rodeo con los brazos. Una soledad deliciosa en una tarde apacible y con el ajetreo de la calle silenciado por el sol. Finalmente, sentada sobre el frío granito, me dejo arrastrar por el sueño y me quedo apoyada en la pared.

    «La hierba fresca se extiende ante mí como pastizales llanos de color esmeralda bañados de gotas de rocío matinal. Escucho gruñir los tablones de madera que sostienen mi peso en el porche de una casa sureña; revestidas de pintura marfil, aún se pueden ver las ondulaciones de la madera y sentir su aroma mezclado con el del barniz. Siento un poco de frío y me llevo las manos a los brazos para aplacarlo con vagos esfuerzos, pues es de mañana y el viento es más helado de lo que se puede creer al ver el horizonte cuarteado por el sol en la lejanía.

    De pronto, sin sospecha alguna, escucho un silbido apagado que viene desde la nada. Frunzo el ceño y presto más atención buscando con la mirada el origen del sonido. Otro silbido ―. ¿Quién estará silbando? ―.

    ― ¿Piensas quedarte ahí todo el día? ―, sorprendida miro hacía el sendero lejano escondido más allá de la llanura. La silueta de alguien se clarea entre la luz que atraviesa las ramas y las sombras de estas. Se acerca con paso lento, pero seguro, sosteniendo por las bridas a un animal enorme. Un caballo marrón que parece seguir el ritmo de quién le lleva con apacible soltura.

    Mientras los veo acercarse a paso tranquilo, trato de esbozar un trazo de él en mi mente. Tengo claro que es un hombre, alto, ni muy musculoso, pero tampoco estrecho en carnes. No puedo bosquejar un retrato, siquiera general, de sus rasgos ¿Por qué no puedo hacerlo? ¿Quién es ese extraño que se acerca a mí desde aquel sendero? Tampoco consigo hacerlo cuando lo tengo a pocos metros de mí. Cerca. Me quedo expectante, embobada por el sentimiento que comienza a emerger de mi pecho y acaba en mi estómago transformado en inquietud.

    ― ¿No dirás nada? ¿Te quedaras parada ahí sin decir palabra? ―inquiere mientras ajusta con una mano una de las bridas. El caballo permanece indiferente ante mí, no parece importarle las respuestas que pueda darle a su jinete. Al ver que no emito palabra, suelta las bridas y acaricia como ordenanza al animal para que se quede en su sitio. Este obedece. Se ajusta el sombrero y se acerca con paso firme hacia mí. Su andar es sinuosamente dominante, pero tranquilo. El sonido de sus botas sobre la tierra se asemeja al crujir de castañas horneadas al ser vertidas en frascos de cristal. Sus brazos largos, piernas largas, parecen acercarse con seguridad, sin temer quién es la desconocida parada en aquel porche. Sigo sin poder describir sus rasgos.

    ― ¿La gata te ha comido la lengua hoy? ―pregunta al llegar al final de los tres escalones que dan al porche. Apoya una bota en el tablón, mientras la otra se mantiene en la tierra seca. Después de decir eso, deja entrever una sonrisa amplia rematada en una comisura bien delineada en el lado derecho de sus labios. Me estremezco al verle sonreír. Chasquea la lengua y dice―: Estoy cansándome de hacer preguntas sin respuestas ¿Qué sucede dulzura? ―, indaga al ver mi sorpresa al escucharle decir la última palabra. Estoy segura de que he abierto los ojos como un búho tratando de ver con claridad en la oscuridad de la memoria.

    ― ¿Quién eres y por qué ese trato de «dulzura» hacía mí? ―, pregunto finalmente al ver un pequeño asomo de impaciencia en sus ojos. Suelta una risa socarrona y baja la cabeza mientras se ajusta el sombrero con la mano izquierda y lleva la otra al bolsillo del vaquero. Escuchar su risa, ese sonido ronco, arenoso y grave, provoca que sienta una punzada en la cabeza y en el pecho por la emoción: es el tipo de risa que siempre he querido escuchar. No puedo creer que finalmente lo haya hecho.

    ―No me tomes el pelo, dulzura ¿Quién soy? ―, enarca una ceja y continúa―, tú lo sabes―. Me quedo perdida entre el limbo del recuerdo y el olvido. Niego con la cabeza lentamente. Me mira fijamente, escudriñando si hay verdad en mi mirada y, de pronto, veo un resplandor de credibilidad en sus ojos. Parece que se ha dado cuenta de que no miento―. Soy quién siempre te ha visto desde la lejanía. Siempre he estado aquí. No soy un desconocido para ti.

    ―Lo siento―, comienzo a decir y retrocedo un paso para poner más distancia. Hay algo en él que me atrae, pero le temo porque nunca le he visto y no soy capaz de describir su rostro, solo lo que siento al tenerlo cerca―, no creo estar segura de que me conozcas ni yo a ti. Tampoco sé dónde estoy―, afirmo señalando con los brazos lo que me rodea.

    Se queda paralizado ahí, viéndome firmemente como detenido en el tiempo. Me escruta con la mirada un momento y después sonríe de nuevo mirando hacía un lado, dejándome ver esa delineación en la comisura de su boca. Mientras más tiempo lo haga más siento deseos de acariciar esa línea fina que traza su piel. Cuando encuentro sus ojos, me doy cuenta de que he sido sorprendida observándole. Hay diversión en su rostro.

    ―Por la manera en la que me miras―, vuelve a chasquear la lengua y, como he bajado la cabeza avergonzada, se inclina hacia adelante apoyando una mano sobre la pierna que está en los escalones. Busca mi mirada―, no parece que sea un desconocido para ti ¿Me equivoco? ―y sube un escalón más. Yo retrocedo dos. Se queda parado con renuencia y diversión a la vez―. Vamos, cariño, no puedes haberme olvidado en una noche ¿Verdad?

    ―No sé qué quieres que recuerde. Lo digo en serio. No sé quién eres. No sé dónde estoy y si te estoy mirando así es por temor―. Admito levantando las manos para poner alguna barrera, aunque débil, entre nosotros―. No te acerques más ¿De acuerdo? ―. Le observo dudosa de lo que hará a continuación. Se queda pensando un momento. Un bufido apagado sale de su pecho, mientras veo que este se levanta constante y pausadamente. Después de un momento, asiente con la cabeza y pienso que se va a marchar molesto y comienzo a sentir alivio, pero hace lo contrario. Me estremezco cuando lo veo acercarse dando unas cuantas zancadas y yo retrocedo temerosa y tambaleante por su cercanía cada vez más enhiesta. Cuando ya no quedan más pasos que dar, siento la textura de la madera de la puerta contra mi espalda. Rugosa, fría y real. Le observo, pero me siento perdida por el tacto de sus manos sobre mis caderas. Su tacto es chispeante, helado. Me tenso y él lo ve en mis ojos. Veo tristeza en su mirada ¿Dónde ha quedado su semblante divertido de hace un instante?

    ―Sé que sonara a cliché esto y sé que los odias―, dice acercando su rostro al mío. Se inclina acercándome a él hasta quedar cubiertos por la sombra de su sombrero. Siento su aroma desprenderse y aferrarse a mí: hierba fresca, salvia, romero, tierra mojada. Tiemblo por dentro y quisiera aferrarme a sus brazos, pero no me atrevo―, pero no pidas eso. No me alejes. Ha pasado mucho tiempo para volver a encontrarnos y yo no quiero que pase más, tampoco que tú me alejes―. Quedo varada entre sus palabras y siento una caricia recorrer mi mejilla y llegar hasta mi mandíbula para caer finalmente en mi clavícula. Una lagrima. Me estremezco por la reacción que ha causado en mí, tanto ha sido que he soltado una lagrima frente a un desconocido. Quiero empujarle y coloco mis manos contra su pecho y me apoyo sobre la puerta, pero esta cede y caigo dentro de la casa. Él trata de sostenerme para no caer, pero caigo en un espacio oscuro y nuboso que me desplaza al fondo de un pozo. A lo único que consigo aferrarme es a una rama de salvia que él ha depositado en mi mano antes de caer.»

    Despierto repentinamente, asustada y agitada por el sonido de la lluvia y las imágenes que mi mente acaba de dibujar en sueños. Tengo las manos incrustadas sobre mi pecho aferrándose entre sí. Pero siento que una pluma me acaricia la parte baja del mentón y veo mis manos. Ahí, entre ellas, una rama de salvia blanca desprende un aroma cítrico y sus florecillas sonríen hacía el cielo y la lluvia que cae sobre las baldosas. Suelto un último suspiro y me alejo del jardín repitiéndome mentalmente «Fue solo un sueño.»

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