Maitines de Playa
Finalmente, siento que la arena bajo mis pies, cálida, tersa y nívea con resplandores venturosos, me deja avanzar. Paso a paso, luego zancada a zancada para alcanzarte. Sigues imperturbable en tu sitio, sin mirarme, sin escucharme, sin sentir mis pasos que se acercan presurosos para coger tu mano. Cuando estoy cerca, tan cerca que con extender mi mano podría alcanzar uno de tus dedos y retenerlo entre los míos, giras la vista hacía mi dirección.
―La brisa del mar desprende hojas de romero―. Son las palabras que salen de tu boca y yo me quedo quieta frente a ti. Paralizada como tú apenas unos momentos antes. Te observo y se me nubla la vista al ver el frío en tu semblante. Si tocara tu piel, seguramente palparía un tempano de hielo.
Después de momentos fugaces, que más que eso parecen años interminables, me acerco y tomo tu mano acurrucándola entre las mías. Tenía razón. Estabas congelándote―. Me tomo tiempo―. Es lo único que alcanzo a decir y lágrimas comienzan a surcar las llanuras de mi alma. Levantas la otra mano y limpias los indicios de sentimiento que recorren mi rostro. Tu mirada sigue nublada, pero sé que me miras a través de la neblina―. Perdón por tardar mucho―, mientras digo esto aprieto mi agarre sobre tu mano para que sepas que elijo estar siempre atada a ti.
―Yo no te esperaba― dices sin emoción alguna―, pero ahora que te veo…― te quedas con esas palabras escudriñándome― ¿Qué puedo ofrecerle a alguien como tú? No tengo nada, necesito mucho―. Las últimas palabras las dices con pesar en el pecho y siento tu mano desvanecerse y deslizarse fuera de las mías. Verte así, y escucharte, hacen que nuevos ríos surquen las laderas de mi decepción.
―Esperaba decirte esto cuando llegáramos a mayores―. Digo tragándome las punzadas detrás de la cabeza y el pecho―. Pero escuchándote, creo que el momento no es el futuro sino el ahora―. Vuelvo a tomar tu mano fuertemente y busco tu mirada, esta comienza a solearse con el brillo de la mía―. Llegará el día en que no necesitemos mucho, ni poco. Brillaremos como las olas que rompen contra las rocas mientras los rayos del sol las ilumina. Llegará el día, pero no sabemos cuándo―, me acerco más a ti y esta vez levanto una de mis manos y hundo mis dedos en tu cabello. Te tomo de la cabeza y te acerco a mí. Nuestras frentes se tocan y, como dos placas que convergen y chocan entre sí, siento el estremecimiento en tu cuerpo―. ¿Por qué no puede ser «el ahora» ese día?
Reaccionas despacio, extenuante como si acabaras de despertar de un letargo. Apesadumbrado, comienza a salir el sol en tu mirada y la neblina se destila sobre tus mejillas. Me tomas de la mano y uno de tus brazos me lleva hacía ti. Ambos cerramos los ojos y nos dejamos llevar por el rumor de las olas chocando contra la arena, contra las rocas, contra nuestros cuerpos. Un viento fuerte pasa sibilante en medio de nosotros y abrimos nuestros ojos. Tus ojos. Una sonrisa enmarca mi rostro al ver el color de tus ojos iluminados por el disco ambarino del reconocimiento. Estas ahí. Ahora te veo claramente.
―Algún día, cuando seamos mayores tú serás mía y yo seré tuyo―. Al escucharte siento que mi cuerpo tiembla y me sostengo fuertemente de ti. Sueltas una risa ligera y me estrechas aún más―. No, tú eres mía y yo soy tuyo.


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