Saudade
Han pasado muchos días, muchas semanas, muchos meses.
Un tiempo indefinido
por el pesar que hay en el corazón,
una extraña sensación
de languidez y lejanía se instala en él.
Una guitarra suena y la
suavidad de la voz que la acompaña acaricia el alma,
como gotas de lluvia
sobre las hojas del jardín.
El viejo rosal no tiene
hojas ya,
sus espinas secas aguijonean
al pasar junto a ella.
Apenas danza con el
fragor de las tormentas de julio.
Un sonido lejano se
instala en mi pecho, un sollozo tal vez,
pero el orgullo no
dejará que lo reconozca frente a ti.
La caricia sutil del
viento gélido que entra por las rendijas del ventanal, apremian al llanto.
No, no quiero reconocer
que mi alma tiene una fuga… y lleva tu nombre.
«¡Saudade,
saudade!»
Llora la voz en el
estudio, junto al jardín,
mientras el sol apela a
la misericordia de las nubes grises.
«¡Saudade,
saudade!»
Leves rayos dorados se deslizan por el balcón y tocan las hojas marchitas del jazmín salvaje, aquel recibido en sueños y perdido entre mis pensamientos al imaginarte.
Reflejos para ver tu
rostro en cientos de espejos diminutos
¿Algún día podré
aceptar que ya no estás?
Ya no encuentro la
lluvia sin verte a ti en ella.
Perdí a mi mejor amigo.
En una tarde como esta,
es inevitable trazar telarañas en la imaginación y rociarlas con esperanza para
crear una hermosa serie de luces titilantes.
Ya no hay calas en el
jardín este invierno,
se han marchado contigo
y me encuentro aquí… suplicando porque regresen con la lluvia.
«¡Saudade, saudade!»
No tengo más por decir
porque la voz grita por mí,
anhelando a través del
viento del norte que los rayos de la tarde se apiaden de mí
¿Dónde estás? ¿Te has
perdido?
«¡Saudade,
saudade!»
¿Seguirás ahí, aunque
aúlle tu nombre desde esta tierra de nadie?
Dos liebres de sal
marina, siempre digo de sal marina, y nunca te encuentro entre la espuma del
mar.
«¡Saudade,
saudade!»
Somos como las tierras
que nos separan, que nos distancian, tan lejanas y distintas.
Duele ver que el viejo
rosal no danza ya, antes lo hacía ¿Te extraña también?
«¡Saudade,
saudade!»
Han pasado muchos meses
y el viejo rosal se marchita.
«¡Saudade,
saudade!»
Gritan las flores del
jardín bañadas en rayos de oro y gotas de mercurio vacilantes.
Me he detenido frente a la cala,
tan esplendidas sus
hojas,
prevaleciendo el color
esmeralda sobre los ladrillos descoloridos.
No hay ninguna flor,
solo hojas verdes que
muestran tu ausencia en el jardín.
Ambos llegamos a
compartir este jardín desde la distancia: tú allá, yo acá.
La última vez, mientras
una ligera llovizna tocaba la tierra,
me incliné sobre la
última cala y posé mis labios sobre ella
sintiéndote en cada instante.
Ese día no solo el
cielo lloraba;
dos ventanas se
nublaban y el agua discurría a través de los alfeizares del rostro.
Llegará el día en que te pueda ver a través de las gotas de lluvia y,
De pronto, las calas
volverán a florecer.


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