Una Mirada Sinuosa

 


    Algunos dirían que es el clima, otros el sonido hueco de los truenos en el cielo. Los pocos que me conocen sabrán que hay más oculto, recóndito, que hace que encuentre las tormentas tan inspiradoras ¿Será la lluvia que cae azorada sobre los tejados de la ciudad? ¿La oscuridad que engulle la luz diurna de finales de agosto? ¿O será algo más lóbrego que las sombras de nube densa que advierten tormenta?

    Junto a la puerta del balcón. No, no hay nada junto a esa puerta ¿Hubo algo en su momento? La respuesta que debería emerger de mi mente sería «Claro que hubo algo ¿Recuerdas?» pero queda relegada y niego con la cabeza. Ahí nunca hubo algo. «Nos acostumbramos al presente en el que vivimos. Tanta es la costumbre que, lo que creíamos que siempre ha estado ahí, en realidad, no lo estuvo antes.» No recuerdo quién dijo esas palabras, pero, para esta situación, no es lo que ha ocupado un lugar junto a la puerta sino lo que nunca ha estado.

    Aletargada por el arrebato del cansancio me recuesto sobre la cama. Las sabanas limpias, pulcras y almidonadas me reciben con displicencia. El barniz de los pilares que sostienen el dosel refleja líneas blancas y luminosas al acaparar la luz que entra por la abertura de la puerta del balcón. Líneas albinas platinadas dibujadas sobre las betas de la madera toman la forma del lomo de una serpiente, con sus escamas brillantes humedecidas por la lluvia que comienza a caer fuera. Recostada sobre un almohadón mullido de terciopelo esmeralda, me revuelvo sobre la cama y esta gruñe en respuesta; cansada como yo de tener que escuchar los ruidos de la ciudad. Observo el resto de la habitación; evaluando con ojo circunspecto todo en cuanto se posa: las paredes, revestidas con amasijos de mortero a medio caer de los ladrillos, desprenden halos gélidos de humedad; el piso de madera de pino apenas soporta el aire denso ―húmedo― que trae la lluvia consigo, rastros de moho y decadencia se arrinconan en las esquinas de la habitación al resguardo del calor y la luz; aparte de eso: un escritorio. El único artilugio valioso de la habitación. Un escritorio de caoba labrado con pulcritud y armoniosos detalles que parecen perderse entre las ondulaciones de la madera; dos columnatas laterales, ahuecadas por cajones de madera rematados en orillas celticas complementadas por pomos de un color ahumado. Entre el hueco, formado por las columnas de cajones, una silla de madera pulida y un cojín revestido en terciopelo de utrech apoyado en el respaldo. Debajo de una de las patas de la silla, escondido y como soporte, una edición antigua de Canciones de inocencia y de experiencia del poeta británico William Blake, sirve ahora de base para una silla renca en una habitación distante en una tierra lejana a la que vio nacer ese talento ¿Qué pensaría el escritor al ver una de sus obras utilizada para tal fin? ¿Se retorcería ingrávido en el ataúd que sirve de capa para evitar el deterioro de la tierra que amenaza con fermentar su carne?

    Finalmente me arremolino entre las sabanas para conciliar el sueño, aunque fuese por pocos y fugaces instantes. Pero no, una sensación de inquietud se aloja en la boca de mi estómago y la sombra pútrida de un recuerdo lejano me mira desde el rincón de la memoria. «―Las tormentas―.» anuncia el eco sórdido de una voz femenina en la entrada de mis oídos; recorriendo el canal auditivo y deteniéndose frente a la membrana timpánica, impávida, insólita, pero acuciante a la vez «―Siempre he estado aquí. Lo que no ves, lo que por costumbre no ves, no significa que nunca estuvo. Siempre quedan sombras y rastros menguantes de lo que ocupó un lugar en la existencia. Mira las huellas y regresa sobre ellas―.» «―¡No! ¡Nunca hubo algo en ese rincón! ¡Nunca existieron huellas ni sombras indelebles proyectadas por la luz del sol! ―.» Respondo suplicante ante la voz mientras el sonido atronador de las gotas de lluvia azota el tejado de la buhardilla en la que me encuentro aislada. Un viento sofocante penetra la ligera pared de tela que ofrecen las sabanas. He tirado el almohadón a un lado tratando de, con ese esfuerzo risiblemente patético, acallar la voz que me acusa desde las tinieblas. «― ¡Mira! Mientras más te niegues, más tiempo se quedará sentado en el balcón―.» «― ¡No! ―»

 

***

     La lluvia cae a raudales sobre la ciudad. Las calles se oscurecen ante los ríos de agua que se deslizan pendiente abajo y aquel viejo caserón, una mansión insospechada, sigue guardando un secreto. Un viento penetrante pasa a mi lado revolviéndome el cabello. El sonido de los cláxones de un atolladero cercano se mezcla con el de un trueno en la lejanía. La gente se apelmaza contra las paredes de las casas cercanas para resguardarse del chaparrón. De pronto, un silencio sepulcral se aloja en el ambiente, las personas se detienen y el viento se oscurece entre las ramas de un árbol cercano. Parada ahí, frente a ese viejo caserón, observo detenidamente cada detalle ―¿Qué escondes? ― me pregunto en el interior ―, no, estoy cuestionándote mal ¿Qué veo en ti que tanta atracción influyes cada vez que poso mi mirada sobre tus tejados? ¿Será tu techo a dos aguas cubierto por laminas insípidas, picadas y oxidadas? ¿Serán tus paredes de ladrillo mohoso y decadente las que atraen mi atención? ¿Será la majestuosidad perdida entre la banalidad de la ciudad la que hace que no pueda alejar mi vista de ti, mientras que los demás parecen pasar a tu lado y desviar su mirada como lo harían con la cosa más insignificante que no esté acorde a sus monótonas vidas? ―. Recorro con mi mirada cada detalle en la estructura, las columnas, las puertas, las ventanas, el cerco que limita la propiedad con la calle: todo es un contraste doloroso y atónico que solo hace más decadente la presencia de una vieja casucha como esa entre el bullicio de una ciudad igual de decadente. No me malentiendas―, quien sea que vaya a leer estas líneas―, no estoy menospreciando esta ciudad, pero en situaciones como esta, todo me resulta insípido ante la ignorancia y la apreciación humana de sus gentes.

    ¡Pero qué veo! Ahí, en la fachada principal, por supuesto ¿Cómo se me pudo pasar por alto ese detalle tan indiscutible? En una de las buhardillas que da a la calle principal―. Pero qué torpeza y desatino mío al ponerte un techo a dos aguas. Es un techo a cuatro aguas del que se desprenden dos enormes ventanales que bien, en su época, pudieron fungir de balcones. Todo el tiempo he estado viendo la buhardilla que da a la calle. Esa sí tiene un techo pequeño a dos aguas―. Desde uno de los huecos que deja entrever una de las portezuelas, y la abertura de la otra, ahí puedo observar la mirada inescrutable de alguien que mira entre las sombras. Evalúa desde lo alto a todos lo que pasan por el perímetro; con desdeño observa tras la madera, pero no emite sonido alguno y nadie se percata de su presencia―. Creo que ya sabemos cuál es la atracción que ejerces sobre mí. No es lo que compone tu estructura ni el tiempo que llevas en este sitio, es lo que guardas dentro. El misterio de la mirada inquisidora de alguien que, no buscando una respuesta del porqué está ahí, sino de quién lo acompañara en esa evaluación continua. Nadie parece digno hasta ahora―.

    Finalmente, el tiempo y la laboriosa cotidianidad de la tarde continúan sin percatarse de esa breve pausa reflexiva. Me alejo disfrutando de las ráfagas del viento sin atender a una voz que grita desde el hueco de aquella ventana que dejo atrás «― ¡No mires aquí! ¡No le mires a los ojos! ―» Y la voz suplicante de la mujer aislada en aquella habitación se pierde entre el sonido de la ciudad.

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