Árboles Furtivos

    Tendida sobre la cama, con la ensoñación aun arrastrándome hacía un mundo onírico ajeno a la vida diaria, un hormigueo acuciante taladraba mis pensamientos que manaban de las sombras de la noche. La luminosidad del amanecer luchaba por atravesar el cortinaje gris que cubría la ventana que daba al exterior, pero sin conseguirlo, transformando las paredes en reflejos de luz enlutadas por la oscuridad estampando la silueta del brocado como sombras lúcidas. En medio del sueño, tuve el impulso repentino de escuchar algo distinto a lo usual. Entonces recordé la voz mágica y noble de Loreena McKennitt. Es como regresar a lugares que nunca he visto, pero que mi alma si ha sentido y ha palpado con dedos invisibles. Mientras escuchaba el álbum «In Her Own Words: Lost Souls» mi mente quedaba varada entre el sueño y el presente, atrapada entre las palabras de aquella voz:

    Sola en medio de la oscuridad ―una clara oscura― me deje envolver por aquellas palabras y el sonido del violín. Las cuerdas del violín, el sonido suave de aquellas cuerdas seguía aferrándome al presente de la habitación. Sentía una punzada leve en el pecho, como si mi cuerpo quisiese flotar y sentir el viento frío de la madrugada. Escuché pequeñas gotas de agua caer y comprendí que sería una mañana lluviosa y fría, sin embargo, la tibieza de aquella voz me invadía y solo era capaz de sentir mi cabello extendido sobre la almohada, rizos negros extendidos sobre almohadas perfumadas a bosque y cítricos nocturnos.

    Extendí la mano hacía el cielo y moví mis dedos como esperando atrapar las palabras, escuchando atenta el rumor de una lluvia imprevista y el repiqueteo que traía consigo. No podía hacerlo, no podía atrapar las palabras de Loreena, pero sabía que mi corazón sí y decidí levantarme de golpe. No quería seguir durmiendo, necesitaba escribir cuanto me inspiraran aquellas palabras porque el corazón dolía por sacarlas, por dejar fluir sobre las teclas lo que sea que sentía. No siempre sé lo que siento, solo el papel logra sobornarme las palabras y extrañas son las ocasiones en las que no lo consigue.

    En estos momentos, mientras escucho la lluvia caer sobre la baldosa del jardín y las hojas se calan de agua matinal, me encuentro frente a la pantalla escuchando de nuevo la canción de «Ages Past, Ages Hence». El sol no hará acto de presencia hoy, o al menos las nubes no le dejaran el escenario a este, sin embargo, parece que es justo lo que necesito para galopar entre las palabras. Inspiro el viento frío, pero lo dejo un momento retenido, sintiendo como el pecho se expande y el diafragma se esparce de vida en su interior. Comienza a aclarar más y las golondrinas de pecho azul emiten trinados sobre el alambrado de la calle.

 

«Castillos antiguos y acantilados escarpados,

convocados por el mar.

Costas azotadas por el viento y olas rompiendo,

rugen furiosamente.

Retorcidos árboles de la verdad,

permanecen inclinados observando.

Oh, edades pasadas, edades por lo tanto,

páginas giradas cuidadosamente.

Edades pasadas, edades por lo tanto,

páginas giradas cuidadosamente.»

 

    Me dejo llevar por esas palabras. No sé si realmente se me puede comprender del todo, pero sé que hay personas con esa sensibilidad que les hace comprender el significado de la vida que les rodea. Más que comprender la vida que me rodea, la anhelo con intensidad cada vez que una melodía o una voz logra evocar ese sentimiento en mí. Esas palabras: Edades pasadas. Pensar en la vida de los árboles, ¿Cuántos se detienen a pensar en la vida de los árboles? Han visto más que nosotros, eso lo puedo asegurar, han vivido más, han escuchado más, han sentido más, han acontecido más. Si hay seres que han podido ver el pasado, esos son los árboles, los ríos, las lagunas, las montañas, las rocas que se mantienen impasibles en su lugar. En antiguas sociedades nórdicas, celtas, prehispánicas, indoeuropeas, se creía en la vida de la naturaleza, los árboles no quedan exentos así que me dejo llevar por la idea de que han presenciado más de lo que muchos han podido y nadie se detiene a sopesar la idea, pocos lo hacen. Sé que pueden ser ensoñaciones y cuestionamientos de alguien que parece perder el tiempo en trivialidades que rozan lo trascendental, pero son temas nobles y no banales.

    Vidas pasadas, tiempo pasado, sentimientos pasados que parecen seguir ahí en la boca del estómago y en la entrada de la memoria, esperando entrar por la puerta del recuerdo.

 

«¿Qué sonrisa escogida ha tocado tus labios?

¿Qué melodía tan dulce

alivió tu pecho, tu corazón palpitante?

El inframundo se ha ido a dormir,

retorcidos árboles de la verdad,

permanecen inclinados observando».

 

    Cuando veo un árbol inclinado hacia abajo, como observando a los pequeños seres que yacen cerca, me detengo a pensar en la idea de que tal vez, solo tal vez, han observado tanto por impulso de la curiosidad que han quedado así de retorcidos. Atentos, a la espera de hurgar en el alma de quienes pasan a su alrededor, ¿Cuánto pueden adivinar de esa alma que arrastra los pies cansados? ¿Cuánto pueden adivinar de esa sonrisa boba perdida entre los pensamientos de un amante? ¿Cuánto pueden adivinar en el cansancio apesadumbrado de quien viene de trabajar la tierra? ¿Cuánto pueden adivinar del anciano con arrugas surcando su rostro, con tantas betas como las ondulaciones que tienen sus troncos?

    Cada vez que veo un árbol inclinado, retorcido y con las ramas altas y largas, puedo intuir que ha visto más que los demás, ha sentido más que los demás. Si, cada vez que veas un árbol así, piensa que ha sentido más que tú y que puede ver más en ti de lo que crees.

 

«En las garras de la noche,

veo brillar la luz de la antorcha.

Las puertas son dibujadas,

las manos permanecen inmóviles,

hay risas que emergen de dentro.

Los árboles se inclinan silenciosos observando,

el viaje del hombre hacia su interior».

 

La melodía de hoy:

 

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