Capuchina

    La noche ha caído, pero el reflejo de la calidez de la primera tarde de otoño se siente en el corazón. El sonido melodioso de una flauta se refugia entre las paredes del estudio y las velas de la imaginación bailan vacilantes. El estruendo del trafico lejano se aloja de fondo, pero el bullicio de la ciudad solo adquiere más cotidianidad si se puede. 

    Frente a mí, un sombrero de palma, con una cinta roja de adorno, yace sobre una cabellera rojiza que recuerda a la piel de un zorro en los bosques. Una sonrisa lánguida, pero un alma libre que puede revolotear cuando deja que la imaginación se desboque. Sea por providencia o coincidencia, un suéter de lana, que recuerda al color de las mandarinas, me cubre del frío y hace juego con la cabellera que veo en el cuadro. Me inclino para saludar y desearía tener un sombrero puesto―: ¡Así sería más formal mi reverencia, madame! ―. Exclamo sonriendo al escuchar que la flauta se torna más jovial y altiva sobre la pandereta que resuena detrás, como quien observa oculto con curiosidad furtiva.

    Al levantar la mirada―, Oh, pero ¿Qué ven mis ojos? ―. Me extiende un precioso tulipán con los pétalos bañados en acuarela rosa. Mucho me temo que no es el tipo de propina que espero, pero me maravillo ante tal ofrecimiento y no tengo nada que objetar. No hay melodía, bueno, al menos su alma me ofrece una inspiración en la que basarme para escribir estas pocas líneas sobre ella.

    Nos mantenemos rodeados de tanta banalidad de la vida actual, que no nos detenemos a sopesar la belleza de las cosas pequeñas. Cosas que no cuestan nada y que valen todo porque no las podemos ver dos veces de la misma forma. Una sonrisa invisible que puede cambiar de mueca, de líneas sobre el rostro, por ejemplo. Una mirada lánguida que puede denotar dolor y encierro, pero que anhela libertad y los regalos que esta puede traer consigo. Un tulipán bien dispuesto sobre el hombro derecho ―izquierdo para el caso― que puede ofrecer un consuelo a quien lleva un poco de cansancio en el corazón. Hebras rojizas de cabello que recuerdan al color de las calabazas de esta época que estamos por ver. Cosas sin valor para muchos, pero para unos cuantos… bueno, valen la apreciación que ponemos, vale el sentido que ven nuestros ojos y nuestro corazón.

    Vaya preciosa caléndula que he encontrado el día de hoy. Te adormeces sobre tu contenedor, pero tienes tanto que ofrecer que tus pétalos se pueden confundir con los de las capuchinas que salen a raudales entre los arbustos del jardín.  

 

Para: Elsa

Me has inspirado con esta canción (ojalá puedas sentirla como yo te he sentido en ella):

 

 

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