Inicia Octubre

    En los confines de la memoria, siempre en los confines de la memoria, se encuentran relegados los sentimientos que los recuerdos traen consigo. Pero no, me estoy equivocando. Los sentimientos siempre estan ahí, como huellas indelebles tatuadas en el cerebro como reacciones involuntarias hacía imágenes que parecen evocar recuerdos que, por costumbre o necesario olvido, tratamos de borrar. Sin embargo, cuando una piedra o, incluso, un diminuto guijarro es lanzado a las profundidades del mar del olvido, las ondulaciones creadas por el contacto sobre la superficie traen movimiento consigo; leves y ascendentes circunferencias se trazan conforme pasan los segundos. Cuando nos detenemos frente a una sucesión de recuerdos que parece evocar otro que, no siendo necesariamente hermano de estos, comparte paralelismo en sensaciones. Esto parece trivial, demasiado trivial, para quienes no pueden comprender lo que un trozo de papel lleno de letras puede hacer para un alma que siempre ha vivido bajo la sombra de los demás. Escondida como para ser vista, pero feliz con esa existencia. 

    Aún recuerdo lo que sentí esa tarde. Tenía una semana libre fuera de la universidad. Habíamos dejado la ciudad en la que estudiábamos para pasar unos días en nuestro pueblo natal; rodeadas de la requerida tranquilidad en comparación del bullicio estudiantil. Había prestado algunos libros de la biblioteca universitaria con el fin de pasar las horas vacacionales recluida en mi habitación de casa, escondida entre letras e imágenes trazadas por estas. Tenía la intención de leer un clásico, como siempre hacía, impulsada por una curiosidad que terminaba en ansias por conocer más sobre literatura clásica que por la burda contemporaneidad de los libros actuales.

    Me encontraba en mi habitación. En plena tarde lluviosa. Un enorme domo gris cubría la ciudad y truenos cercanos y reverberantes amenazaban con hacer más copiosa la tormenta que caía. Recostada en penumbras sobre la cabecera de la cama, me introduje en las líneas de Emily Brontë. Leía una y otra vez las primeras páginas para comprenderla a través de su escritura. Fantasmagórica, me pareció al inicio, pero con el pasar de las paginas se tornó románticamente cruel y apasionada. Una mezcla de pasión desbordante y tragedia animal descarriada en agonía pura por el amor arrebatador que termina siendo inconcluso por las fauces del egoísmo, pero también por la naturaleza humana a ser desmedidamente discordante con lo que el corazón quiere y, a la vez, tan suplicante por lo que no puede tener. Me sumergí en esas páginas sanguinolentas, trágicas, pútridas por el arrojo de la insensatez del corazón; sin embargo, en medio de todo eso, ese amor arrebatador que todo lo perdonaba y lo transformaba, pero, que, a su vez, lo enrevesados que eran los distintos tonos de amor y de odio.

    Esa tarde todo lo sentí y todo lo desemboqué en lágrimas angustiosas al leer esas páginas. Me vacié a cantaros sobre mis mangas, mis muñecas y los dorsos de la mano. Era el sentimiento más puro y primitivo el que evocaba Brontë. Todo lo sentí y, al mismo tiempo, el temor me invadía al leerla porque ese primitivismo que ocultamos se veía tan claramente plasmado en sus personajes.

    ¿Y qué sentimiento más extraño me invade ahora? ¿Por qué recuerdo aquella tarde acompañada de un libro que todo me hizo sentir? Un pequeño guijarro ha sido arrojado en el mar de mi memoria y ha removido las aguas. Las olas comienzan a expandirse y, aunque amainan, aun se sienten en la superficie.

    Me resulta impensable que los demás comprendan lo que pasa por mi cabeza, por mi mente, al leer un libro que estruja el alma y el pensamiento; que atrae y sumerge en sus fauces hasta el punto de sentirse uno con los personajes, con los escenarios ¿Quién lo podría entender? ―Hay muy pocos capaces.

    Y es que para mí es dificíl llenar con palabras lo que siento. Resulta más fácil inventar historias en las que, muy escindidas, pueden estar ocultas las emociones que siento al escribirlas. Saboreo la desazón del final, sea cual sea su naturaleza, como un saco lleno que se aprieta contra mi espalda y hace que acerque el pecho al suelo para soportar la carga. Pocos libros consiguen algo así, muy pocos. Y los evito porque les temo. Temo sentir cuanto en ellos hay porque siempre me he negado a sentir, pero esos libros dejan rastros de emociones tan vulnerables y animales que te das cuenta de que, sí, la naturaleza humana tiene tanta variedad primitiva oculta tras un razonamiento lógico que, cuando lo descubres, todo se reduce a sensaciones que no siempre la lógica logra explicar. Primitivismo.

    Hay quién pueda apoyar la mano sobre mi espalda o escuchar atentamente mis palabras vagas, que tropiezan al salir por la lengua desde el cerebro, y no comprender lo que estoy diciendo ¿Cómo comprendería lo que siento entonces? No, no hay muchos así. No me gusta sumergirme en las tinieblas de la literatura porque es como regresar a casa y, a la vez, querer huir de ella porque trae tanta familiaridad que atemoriza. Esta es una parte de mí, una parte que nadie conoce en su totalidad porque es inexplicable, impalpable, incomprendida y desatendida, incluso por mí. No se puede explicar el sentimiento de las lágrimas que surcan un camino trazado en las mejillas al posar la mirada sobre líneas estructuradas que cuentan una historia, ficticia sí, pero que cuentan una historia. Si todos prestasen atención a lo que leen, a tratar de desentrañar lo que en los libros se oculta, habría más humanidad. Pero no.

    Por fin terminé de leer el libro y me vuelvo a sentir vacía, vacía en palabras que apenas logro concebir en estos míseros párrafos y, que, con la suficiente disposición, podría expandir hasta nunca terminar. Un pensamiento releva a otro cada momento, desentrañando lo que puedo estar sintiendo con cada palabra, cada revelación, cada personaje, cada escenario. Hay tristeza en mí, eso nunca cambia, pero al leer… es como si esa tristeza se transformara en las palabras del autor, una risa, un grito desgarrador proveniente de las profundidades, lágrimas enjutas que nunca salen, sonrisas soñadoras, furia desmedida, amor apasionado y tierno, amor arrebatador que todo lo nubla, acertijos en cada página que hacen de la mente una lupa que todo lo escrudiña. Eso causan los buenos libros, pero pocos lo saben y, de esos pocos, contados son lo que sienten.

    Pensamientos vagos de una mente inquieta que todo lo siente en un día gris. Comienza octubre y todo parece adquirir una nueva paleta de colores.

La melodía de hoy:


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