Calles de Piedra y Cal

 

 

    Recuerdo las calles por las que solía pasar preguntándome qué hacía esta u otra persona al pasar. Las calles con aroma agreste que no conocían el bullicio de una vida apremiada por el materialismo que veo hoy día. Las calles adoquinadas que tenían aspecto límpido pese al paso de los años que las pisaron.

    La vieja calle del Calvario, aquella que conduce a la iglesia central de la ciudad ―centro histórico para algunos, resquicios de pasado manchados de hombre para mí― se conducía con cierto aire melancólico por entre las demás calles aledañas. Aun puedo ver las ramas de naranjo y lima sujetadas con cuerdas en los barrotes de las antiguas casonas para recibir las festividades de Pascua. Niños corriendo por la acera dando trompicones sin consideración hacía los mayores que, sentados afuera de sus casas, apoyaban la cabeza sobre el lado de sus puertas y veían la vida transcurrir.

    El frontispicio de la iglesia del Calvario, teñido de humo cenizo, dejaba entrever años de capas de cal y de suplicios dentro de sus muros. Esa calle lateral ―resguardada por el costado del baptisterio y la hilera de casas de barro que aún se pueden divisar y que solo cuentan los días para ser olvidadas―, escondía secretos de vidas que pisaron aquellas piedras convertidas en adoquines nuevos con los años. Al ver esa calle, no puedo evitar preguntarme ¿Cuántas vidas vio pasar? ¿Cuánto aroma a pan de Pascua se deslizo por aquella calle? Y ahora recuerdo, tal vez como resquicios de esa mente rota que a ratos olvida y luego recuerda retazos, una puerta abierta en aquella calle con el aroma a pan recién horneado saliendo hacía la calle.

    Recuerdo las cajas llenas de huevos, tazones con pasas dulces, sacos de azúcar que destilaban un aroma dulzón en el patio, sacos de harina que ―al ser arrojados contra el suelo de cemento y puestos sobre otros― esparcían neblina blanca y seca sobre quienes pasaban al lado y jarros llenos de leche fresca. El horno hacía temblar a cualquiera que se asomara a él a unos pocos metros de distancia, el calor era sofocante y los leños dentro de la cámara revestida de ladrillos crepitaban tratando de resguardar el calor para los panes que levaban en una sala aparte. Las paletas de madera recostadas sobre la gran bóveda de barro, ennegrecida tal vez por humo que salía de su boca, todas de distintos tamaños según la cantidad de pan a colocar en el horno. El aroma de la levadura en la habitación lateral que subía e impregnaba los tablones del techo, mezclada con la esencia seca de la arcilla de las tejas que cubrían el techo de aquella casucha.

    ¿Por qué han venido a mí esos recuerdos? Aún no es Pascua y ya me he adelantado a la fecha, pero son recuerdos que llegan y que pueden quedar perdidos de no plasmarlos en papel. Seguramente, quien vaya a leerme, se preguntará si tuve una infancia con un padre o abuelo como panadero, pero no. He de admitir que mi padre y mi abuelo trabajaron, con apenas unas cuantas primaveras de vida, como panaderos por una corta temporada. Sin embargo, tengo la fortuna de conocer a los panaderos del viejo oficio. Aquellos hombres con mejillas sonrojadas como grandes fresas, con las manos teñidas de blanco por tanto amasar, con casi nada de vello en los antebrazos por las quemaduras debido al calor de los hornos de leña; con miradas serenas y seriedad de quien no quiere que nada interrumpa la nobleza de aquel oficio que, como muchos de antes, requerían de precisión innata para meditar el tiempo de horneado solo al cálculo de buen dibujante como dirían mis abuelos.

    Sin embargo, esta es solo una de las escenas que vienen a mi mente cuando vuelvo a posar la mirada en aquellas calles que existieron mucho antes que yo en esta ciudad. Siempre digo que vivo en una ciudad que, si las cosas se sucedieran en reversa ―y el pasado fuese para adelante y no en marcha atrás― sería el pueblo que alguna vez vi. La gente se detendría más en aquellas viejas fotografías en sepia empolvadas en los estantes de las casas que aún sobreviven, pero no. Dicen que la vida no retrocede ni se queda en el ayer, pero la memoria si tiene ese botón de rebobinar y se detiene en aquellas cintas que evocan sentimientos que ya no podemos volver a tener en el presente porque nos toca vivir nuevos, crear nuevas cintas. Hay quien me ha dicho, en más de una ocasión ya, qué es lo que aflige mi alma, qué pesa en mi interior que esbozo escritos plagados de melancolía y tristeza, pero nadie puede escuchar la voz interna que tenemos en nuestras cabezas como ecos que retumban entre las paredes de hueso. Mi voz, está tranquila, encuentro serenidad entre lo que escribo y parte de mí es esa tristeza que no tiene un nombre especifico y sí muchos que conozco y aun no conozco.

    Rememorar es como autoevaluarse entre la «yo» del pasado y la «yo» del presente, ¿Qué saldrá para la «yo» del futuro con estas reflexiones constantes? Ni idea, pero tengo la certeza de que soy escuchada y leída, eso me basta.


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