Siluetas de Crisantemo

 

    Pétalos bermellón, sombras de un pasado que se cierne sobre el presente y que dejan rastros de crisantemos sobre una tumba. El cielo lloraba esa tarde de diciembre sobre aquellas lápidas heladas cubiertas por tierra y solemnidad. Recuerdo el día en que te fuiste. Estabas en mis brazos cuando vi tu mirada suplicando un final para aquel suplicio que subyugaba tu aliento.

    Esa tarde de diciembre, entre rayos dorados que atravesaban el horizonte lejano, te vi pasar plácidamente, sin imaginar que cargabas la vida sobre tus hombros rogando a los cielos que te liberasen de aquellas cadenas de la vida que languidecen con el tiempo. Solo tú conocías aquel dolor, aquella extenuante piedra que se arremolinaba en tu pecho y que te impedía exhalar la jovialidad que muchas veces vimos.

    Te vi pasar como un aliento sobre aquellas ruedas. Trotabas y saltabas sobre el camino de piedra con una sonrisa que escondía fatiga. Te sostenías con fuerzas inexistentes, sonriente y con cierta petulancia que escondía el brío de la juventud que alguna vez tuviste. Me sacaste una sonrisa que se transformó en carcajadas que componían la sinfonía de aquella tarde. Me sorprendía lo bien que te veías revoloteando entre el viento, sin frío ni aparente preocupación. Me dejé llevar por el alivio de verte tan hermosa y rebelde, sentí que te admiraba más si cabía.

    Esa tarde convertida en noche por el manto oscuro que yacía sobre los pastizales, te vi pasar de nuevo y no pude ver tu semblante que se marchitaba por el frío. Te convertías en hielo y no lo sabía ¿Cómo podía saberlo si siempre te mostraste fuerte como una leona y con la melena encendida de vitalidad?

    Recuerdo tu mirada lánguida al llevarte en brazos y sentir el martilleo del corazón por la duda de si podía volver a ver esa rebeldía reflejada en aquellos ojos escurridizos. Recuerdo la espera agobiante y la insensatez de la impaciencia a sabiendas de que ir contra el tiempo es un juego perdido. Permanecí parada sobre la calle de adoquín observando tu regreso y esperando una respuesta que terminaría con tu gabela de la vida. Sin embargo, entre aquella posibilidad de dejar de verte, nos aupamos temblorosos del letargo de la incertidumbre y te llevamos en brazos y fue cuando sucedió.

    Te sostuve en mis brazos mientras dejabas ir, a grandes bocanadas y galopantes alientos, la vida que se escurría entre mis esfuerzos por llevarte. Sentí tu agarre sobre mi alma que solo el brazo sentía como la caricia de una mano que se despedía. Los labios me temblaban al saber lo que las lágrimas invisibles en mis ojos se negaban a aceptar. Me tomaste de la mano y vi tu mirada. Cristalina, suplicante porque tus ruegos fuesen escuchados, anhelantes de que aceptara tu partida y briosos porque por fin conseguías de la vida lo que siempre pediste. Pude ver la diversión en tus ojos que brillaban bajo la luz de la luna en aquella calle envuelta en tinieblas. Al final, siempre al final, te reíste de la vida porque no le temías a las tijeras del destino, aunque esta viniese escoltada por túnica negra y guadaña de plata.

    Lo último que me dijiste se fue con el silencio de tu última exhalación, pero pude ver, en esos breves instantes que ahora me saben a eternidad, que me dejabas muchas lecciones y tu fuerza que cargaba con tanto. No sé, y aún no alcanzo a entender si fue un regalo o un legado pernicioso, lo que me dejaste en esencia. Esa resistencia con la que vivías no la entendía, pero con el paso de los años comienzo a entender. Esa resistencia puede ser tan buena como dañina para almas como las nuestras. Eras más fuerte que yo y ahora siento que menguo con tu recuerdo y con la herencia que me dejaste. Cuanto siento el que no pudiese entenderte en aquel momento.

    En mi memoria, siempre en mi memoria estan impresas las imágenes de aquel buqué que hicimos para ti. Pétalos bermellón salpicados de gotas cristalinas, crisantemos en verde libélula y nubes blancas moteando el lienzo floral, todas bañadas en lágrimas que nunca salieron mientras pasabas a nuestro lado.

    Hay quienes pueden cuestionar la decisión que tomé en aquel momento de no dejarme nublar la mirada por la tristeza, pero no aceptaba el que te marchases como no aceptaba dejar de ser fuerte por ti. No te gustaban las lágrimas, eso lo recuerdo bien, porque creías que aquella despedida merecía más que lamentaciones. Merecías sonrisas por haber podido, al fin, desafiar a la vida y conseguir lo que ella te llevaba negando durante años. Sin embargo, bien sabes cómo soy, llevo esa tristeza y las lágrimas embozadas en el pecho por aquellas garras de leona que heredé de ti. Esas lágrimas siguen aprisionadas con el resto de otras que nunca han salido, pocas veces salen a relucir. Yo no derramo arroyos, yo suelto ríos crecidos de tanta melancolía que se llevan mis pensamientos y me lavan el alma algunas veces, cuando la corriente es demasiado alta.

    ¿Cómo te he recordado esta noche? La melodía de aquel buqué ha vuelto a aparecer y ha removido las aguas del río de tu recuerdo. Tu resistencia sigue siendo parte de ese recuerdo que llevo de ti, pero pesa cada vez más con el pasar del tiempo y las batallas que nunca terminan. No me estoy quejando, aunque admito que muchas veces lo hago ―¿Quién puede ser tan hipócrita al decirse libre de quejas en esta vida?―, solo te rememoro entre estas líneas que son llevadas por el sonido de las teclas del piano que suena y por el frío de la noche que envuelve mis pensamientos.

    Para: Deirdre

La melodía de hoy:


 

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