Columpio de Reyezuelo

 


    Tus pasos se acompasaban a los míos, uno detrás del otro sobre ese camino de piedras y neblina. Mis botas encajaban bien con el sonido aterciopelado de tu gabardina. Íbamos uno al lado del otro ―tan cerca y tan lejos la distancia de un brazo de membrillo―. Me sonreías y hablabas con lentitud y expectación ¿Qué pensaba en ese momento? Solo me perdía en tus rasgos. Ojos color de lluvia, labios lánguidos y finos, semblante de nieve que nunca cae en junio, manos de descubridor que escudriñan dentro de los bolsillos por temor a tomar mi mano. Seguíamos caminando y yo me dejaba llevar por la belleza de aquel sendero. Los abedules custodiando los lindes del camino, rayados sus troncos como cebras de bosque y sus copas meciéndose por el viento de la tarde. Una tonada imperceptible se cernía entre nosotros ¿La escuchaste? Me quede sumergida en la melodía de aquella cajita de música que sonaba entre los troncos. Por un minuto, solo por un minuto, me pregunté sobre el sabor de la savia de los abedules… Luego vi tus labios y me pregunté si tendrían el mismo sabor.

    Te apoyabas sobre mi hombro invisible temeroso de que rechazara tu cercanía. Tus ojos delataban el rubor que tus mejillas aprisionaban dentro. Perdí la mirada en el cielo raso y gris. Seguía escuchando nuestras pisadas sobre la piedra y las hojas de los abedules y arces que caían en el camino. No había un momento más excelso que aquel.

    En un momento, sin que yo me hubiese dado cuenta, enredaste tus dedos con los míos. Sentí tu tacto chispeante contra mi piel helada. Jugué con tus dedos sin dejar de caminar. Me acorralaste contra un arce, pero vi el rubor teñir tu piel. Traviesa me conociste, traviesa seguiré siendo. Me esfumé de tus brazos y me escabullí cual lirona de campo hacía el sendero. Me seguiste, dando zancadas para atraparme. El viento nos dejaba volar entre sus fauces mientras yo curveaba entre árboles para desaparecer de tu alcance. Tus mejillas dejaron escapar el color que ocultaban y solté una risa traviesa. De pronto… ahí, al final del sendero: un viejo columpio.

    Me senté cansada sobre el asiento y este rechino bajo mi peso, pero no caí. Te esperé con inocencia mientras recuperabas el aliento y sonreíste a sabiendas de lo que quería. Te paraste detrás de mí y me empujaste suavemente. Me reí disfrutando del vaivén del columpio. Solté gorjeos de golondrina y mecía las piernas mientras tus manos me tomaban de la cintura para impulsarme. Sonreías débilmente disfrutando de mis risas, te dejabas arrobar por la sensación de libertad que veías en mi semblante. Me empujaste más alto y sentí que el viento me abrazaba y mis rizos se dejaban seducir por el frio del aire, reí y volé al unísono. Finalmente me detuviste y me rodeaste con tus brazos por detrás: protectores, afables, cálidos. Apoyaste tu barbilla en mi hombro y seguiste meciéndonos. Tu mejilla acariciaba la mía mientras nos mecías y mirábamos el bosque denso atravesado por telas de sol e hilos de neblina. Ambos nos dejamos enamorar por el bosque, por las aves que correteaban entre las ramas enjutas y las piedras lisas. Sonreímos ante una señora sentada en un viejo banco de madera y hierro forjado, lista para darles de comer a los reyezuelos que la miraban desde el suelo con avidez ―¡Anda mujer que tenemos hambre!―; sus vestimentas decían que estaba acostumbrada a la cercanía de aquellos traviesos: plumas de nube carmesí y silbidos de golondrina.

    Sonreí encantada de la escena y sentir la cercanía de tus labios contra mi oreja: ―Eres igual que esos reyezuelos. Mi pequeño reyezuelo, eso suena mejor que solo lirona de campo―. Me estremecía ante la comparación y me puse a silbar con la tonada de fondo. ¿Escuchabas aquella orquesta? ¿Escuchabas mi alma cantar con el tambor de aquella cajita de música y el acordeón que dejaba salir cantos de lluvia y miel en cada nota? ¡Oh mi querido cazador! ¡Nunca atraparías a este pequeño reyezuelo!

    Sentí gotas de lluvia caer en la punta de mi pico y salte del columpio. Me seguiste y di vueltas sobre mis talones disfrutando de las lágrimas del cielo. Me tomaste de la cintura y me acercaste a ti y me besaste en la frente con la tuya: ―Los labios tienen muchos nombres― dijiste y apoye de nuevo mi frente contra la tuya: ―pequeño reyezuelo, no corras de mí que tu columpio está conmigo.

La melodía de hoy:



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