Lantana
Era
una mañana de contrastes. El sol brillaba detrás de la bóveda gris. Las
tonalidades del cielo gris dejaban entrever sombras de lengua de plata y
cobalto. En una carretera desierta cubierta por tinieblas matinales, mientras
el viento gélido se filtraba entre los pinos que custodiaban el camino. Las
montañas parecían pequeños montículos a la distancia, como sombras de mar
teñidas de cielo y lluvia. Los pastizales llanos y verdes, cercados por postes
a medio roer. La tranquilidad de un trayecto pacífico y le celeridad de la vida
que quedaba atrás. Me mantuve firme en mi mirada hacía los lindes del camino,
observando las flores silvestres y los matorrales cubiertos por la neblina.
El trayecto era suave y silencioso, solo el gorjeo de las golondrinas se escuchaba entre las ramas de los árboles. Sentía que los dedos se me entumecían por el frío y trazaba figuras sin sombra en el viento. Extendí una mano hacía fuera de la ventanilla y me dejé acariciar la piel por el aliento de la carretera. De pronto me vi sorprendida, mi aliento robado por un cuadro boscoso, al ver que la neblina densa e impoluta bañaba las curvas de la carretera pendiente abajo. En un trozo diminuto de aquella carretera la neblina serpenteaba y el alma se regocijaba por tal espectáculo.
A medio trayecto, nos detuvimos a retozar con la vista de las vacas y terneros a un lado del camino que mascaban despreocupadas el cesped y resquicios de hierba seca. Entonces la vi. Al lado del camino, justo frente a la ventanilla del pasajero, un arbusto frondoso y vivo de flores. Diminutos tréboles bañados en bermellón y cadmio, pétalos diminutos que se sentían como tocar alas de colibrí ―no los puedes sentir porque sientes que se desvanecen por el vuelo que nunca parece detenerse―, hermosos centros amarillos que recuerdan al sol que no lastima en invierno. Hermosa flor que se alza en el camino sin pretender nada, salvo atraer la atención de quién, con vista de buen taciturno, se deja llevar por las insignificancias del camino.
Me enamoraste pequeña flor, Lantana del corazón y cura para el ramalazo de los pesares que aqueja el alma. Te sostuve entre mis dedos y te acaricie cada florecilla admirando tus colores ¿Cuántos te han visto como yo? ¿Cuántos se admiran de tu belleza que prospera al lado del camino? No muchos… ¿O es que seré yo tan llevadera de las cosas sin importancia que solo yo me detengo a observarte al lado del camino? Te vi y me enamoraste, te vi y me subyugaste el alma para apartar un lugar en mi corazón para ti. Pinceladas de lengua de sol te tiñen y te adormecen los pétalos para crecer cicateros entre sí. Florecillas que pelean entre sí para mirar al cielo al mismo tiempo y que brisan con el rocío matinal.
Si, fue una mañana revitalizante aquella con aroma a lantana y cesped mojado con el mugir de los terneros en los pastizales. Lantana, lantana, lantana… hay quien me dijo una vez que decir las cosas tres veces traen suerte e imprimen más magia que decirles solo una vez con avaricia.
La melodía de hoy:


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