Vagabundos con Sabor a Café
Hoy tengo ganas de dar
sorbos de romance y melancolía… Vaya trivialidad la mía y el viaje a lo
insondable del alma que se pierde entre las notas de un acordeón que ilumina la
tarde. Las sombras de los pliegues de los cortinajes se estampan en el granito
del estudio, el reflejo de mis rizos azabaches sobre el vidrio lustrado de la
ventana que mira el exterior, todo suena a una tarde de romance y recuerdo. No
me gusta porque también lleva una pizca de soledad, pero no de esa soledad que
hunde y que se restriega entre las paredes del corazón para punzar y escocer;
es aquella soledad deliciosa y exquisita que se comparte con aquel que entiende
los momentos de silencio. Sentados los dos en un viejo banco en el parque a las
orillas de un lago, o mejor aún, sentados en el viejo sillón donde las motas de
relleno se cuelan en el aire. Nos topamos hombro con hombro, como un par de
almas sin voz que solo se comunican con la mirada. Admiramos el cielo raso
desde la ventana y el viento fresco de la tarde se cuela entre las rendijas.
Mudos, sin voz que pueda decir las palabras que solo las miradas furtivas pueden decir. Si, es extraño, pero esta tarde tengo ánimos de sorbos de romance y café… No me gusta el café, pero si es contigo, bebería a sorbos para que el tiempo se quedara varado entre los rincones de la taza sin posibilidad de deslizarse fuera. Café, como la delicia de esos iris tras las alas de una mariposa que se posa en tu nariz, como las betas de los arboles al ser cortados, llenos de vida y con rasgos de que hemos convergido en la misma beta del tronco de la vida.
No lo sé, quizá solo estoy llamando a quién no conozco, a quién por miedo o por azares de la vida no me ha encontrado. Solo estoy escribiendo por escribir, no pretendo nada ni transmitir nada. Quién entenderá esta melancolía disfrazada con aromas a café de montaña, sabrá que no es cierto eso que dicen que el café vela el sueño para ahuyentarlo cuando este se asoma por el marco de la consciencia. El café es la sustancia que hace que espere a quién nunca ha llegado, pero eso me sucede a ratos. Ratos, si, ratos me digo a mí misma. No tolero la sensación de desear a ese alguien que me robe el aliento y que comparta mi soledad. No puedo soportar el hecho de que mi corazón siga anhelando algo que nunca llegó ni ha llegado, no puedo soportar el hecho de que anhele y añore a quién no he visto y conocido jamás. Ojalá el café ahuyentará esa necesidad y entonces lo bebería a raudales para acallar ese sentimiento de añoranza, pero no… solo agrava el problema y por eso no lo bebo.
Un acordeón suena de fondo hoy y me lleva esas viejas calles de París, a las antiguas callejuelas donde los patios mantienen los portales abiertos y nos perdemos entre ellas para posar la mirada curiosa en cada casona. Nos puedo ver ahí, con nuestros calzados ajenos, buscando el lugar donde pertenecemos, donde me perdiste y donde te encontré. Sigo viendo esas calles en mi mente, dibujadas en colores pastel, aunque el trasfondo sea añil. Recuerdo esos nombres clavados en mis pestañas a fuego, vienen a mi memoria en cada parpadeo y se deslizan por mis labios como un hechizo que dejaste con el humo de tu huida… ¿O fue de la mía?
Para Camille y Claudel, que siguen rondando en los patios de Paris sin encontrar refugio para ese amor que se pierde con el tiempo…


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