Acantilados de Lana e Hinojo
Me encontraba en la
orilla del acantilado sintiendo la brisa marina y la sal en mis labios. El
viento jugaba con mis rizos y mis manos se ocultaban dentro de mis mangas. Vi
el horizonte y las nubes que definían las aristas de este, con colores invernales
y la vista anhelante. Me abrace a mí misma y suspire sintiendo tu presencia sin
saber si estabas detrás de mí o no. Cerré los ojos y vi tu nombre escrito en
mis parpados, con la inicial de aquella luna en cuarto creciente y sonreí. El
viento seguía azotando mi rostro y mis mangas estaban empapadas por la brisa
salada.
Decido regresar sobre mis pasos hacía la carretera agrietada y entonces te veo. Ahí estas, a pocos metros de distancia, entre el llano y con el cabello ondulado siendo enmarañado por el viento. Esbozo una sonrisa traviesa y decido correr entre la hierba alta contigo siguiéndome el paso y tratando de enredar tus brazos alrededor de mi cintura. Nos adentramos en la hierba hasta calarnos las rodillas y me atrapas quedando tumbados sobre el suelo y con sonrisas cansadas. Tratas de posar un beso en mis mejillas, pero terminas estampando un beso en mi frente―: Bueno, la mejilla se dice de muchas formas.
Lagrimas surcan mis mejillas mientras te acerco a mí y enredas tus cabellos con los míos mientras la brisa en el acantilado sigue azotando nuestros cuerpos. Escondes mis mangas entre las tuyas y me pones flores silvestres en el cabello. Ambos, Camille y Claudel, ambos en nuestras andanzas por los acantilados de Irlanda mientras nuestra casa de nadie sigue entre los patios de París.


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