Capiteles de Cal y Lágrimas
Una vez escuché: «¿Cómo
grita un alma muda?» Y me quede con la respuesta atascada en la garganta, como
si mis cuerdas vocales hubiesen sido reventadas y mis labios no dejaron escapar
sonido alguno. No hay una respuesta certera para ello, quién diga que si la hay
que afortunado es porque yo no encuentro la respuesta. Mientras paseaba por los
laberintos de aquel lugar lleno de mausoleos, tumbas, epitafios vacíos y floreros
sin vida, pude notar el tono enmudecido de las almas que yacían bajo tierra.
Ahora puedo regresar, a través de mis recuerdos, a esas avenidas estrechas y
empedradas para posar mi vista en el cielo blanco, con las nubes cubriendo el
lienzo azul. Veo las tumbas y siento una solemnidad que solo la muerte trae
consigo.
Me quedo callada un momento, mis pensamientos toman una pausa esbozando la imagen de una figura con vestido de seda y tul. Sus dedos largos, enjutos y algo gastados por el tiempo de estar entre esas paredes sin vida; acaricia el cemento y el mármol de una tumba sin nombre y con historia sin contar. Se arrodilla frente a la columna hundiendo los dedos y deslizándolos por las estrías de esta, como si fuese lo más preciado a lo que pudiese sujetarse. Mira al cielo y ve en la esquina superior, el capitel de la columna, un diseño corintio con hojas de acanto esculpidas en piedra teñidas en cal y con matices de tiempo perdido que adoptan el color del verde cardenillo en sus betas. Lagrimas invisibles, casi del mismo color de su piel desteñida, surcan sus mejillas y llegan a la baldosa del mausoleo.
Me pregunto… solo me pregunto: ¿Quién es esa mujer? ¿Es el reflejo de mi alma? ¿O esa imagen es quién aún llora por quienes estan dentro de esos muros de aquella tumba con sabor a tiempo pasado y décadas de decadencia?

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