Lontananza a Cardenillo


    Recuerdo el día en que me dijiste todo y mi distracción e inocencia confabularon para que el destino se retrasara en juntarnos. Me dijiste todo en una sola canción, me diste un poema en letras y voces que se enredaron en mis cabellos y los acariciaste con tus dedos largos. Me sonreíste desde la distancia con tus inseguridades y humildades teñidas de azul, un azul que iluminaba mi cielo.

    Éramos dos liebres de sal marina ―no me canso de recordar esa alegoría tuya― que se dejaban llevar por las mareas del océano. Corríamos entre las olas. Tú detrás de mí, yo huyendo de ti. Nos tumbamos sobre el agua y me sonreíste. Posamos la vista al cielo y vimos la infinidad negruzca del universo con las estrellas trepidando desde la lejanía. Enredaste tus dedos con los míos y me dijiste ―Mi romero, mi ramita de romero que me traes fortuna y alegría, no te soltaré, aunque las olas del destino quieran cortarnos como guadañas de plata―. Me conmoví y me aferré a ti, mi alma se aferró a ti y un suspiro de jazmines salieron de nuestros pulmones.

    Siempre he sido tu prenda, tu amuleto, tu romero… sigo rondando los lares epistolares, buscando tus rastros y tus sonrisas. Sigo viendo a Orestes, aquel felino que vi en una fotografía del recuerdo de un escritor, teñido de añil y con la luz solar entrando en ese balcón parisino. Sigo enredada contigo, en medio de esas olas, en medio de esos vientos universales, entre calas blancas que nos unían por un recuerdo en conjunto. Sigo amarrada a ti y sigo rondando como alguna vez dijiste. Sigo con la frente apoyada en el vidrio de la ventana, esperando que vuelvas a posar la tuya al otro lado. Sigo esperando que acaricies mi frente con tus dedos, con tus dedos gálicos. Que vuelvas a decirme qué ocurrieron con esas orugas con aroma a hinojo. Sigo viéndote desde la lejanía y sigo volando hacía a ti, buscando desde los cielos a aquel hombre que vi en sueños.

Para: Verde Cardenillo

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