Cuatro Luces del Alba
Era un día cercano al miércoles de ceniza, pero no alcanzo a recordar el día exacto. Solo recuerdo que unos días después veía a los feligreses rondar por la calle del Calvario con la cruz cenicienta sobre la frente. Lentos, pasos lentos y algunos vigorosos porque comenzaba la cuaresma y la celebración por la Semana Santa que se avecinaba. Veía la felicidad en las caras de los chiquillos que rondaban por la calle con sus pacitos yendo y viniendo por la acera y a veces tropezando entre sus juegos de infancia. La gente pasaba tras esa ventana y yo, suspiro lánguida y con la cabeza gacha, sintiendo que soy tan ajena como los adoquines sobre los que pisan los transeúntes en la avenida. Como un trozo de piedra que solo ve la vida pasar. Afuera todo es risas y los labios se curvan para desbocar en una felicidad devota que todo el tiempo cuestiono sin apremio alguno. Los pocos que me vienen a ver, me dicen «― Pero María ¿Qué te sucede que tanto cuestionas las cosas de Dios? ¿Es que acaso no sientes temor de Nuestro Señor que te mira desde lo alto?» En tales casos solo esbozo una sonrisa servicial y trato de desviar el tema hacía otros más terrenales. No, yo creo que nos escondemos tras esa devoción tan fervorosa porque tememos a algo más que a Dios mismo, buscamos una salida ante los achaques que escondemos tras esas plegarias al cielo y que abrimos con las palmas unidas y con los dedos apuntando al cielo. Yo cuestiono, pero me callo, me guardo cuanto puedo para evitar ser vista entre las gentes del pueblo. Ya han comenzado a cuestionarse quién es esa mujer en esa vieja casona con la panza puntiaguda y sin marido u hombre que se aviste en la portezuela que da a la calle.
El día de plaza, escucho los murmullos de la gente que se arremolinan entre los puestos de los fruteros y verduleras. Dicen que no me habían visto hombre alguno, que me asome a este pueblo como se avista la densa bruma de la mañana y que soy más misteriosa que el mismo diablo del que ruegan ser salvados dándose golpes de pecho los domingos en eucaristía. Escucho a las mujeres de más edad cuestionarse si el niño que llevo en el vientre es el hijo de algún funcionario o algun fulano sin oficio que solo se metió a mi casa porque, al llegar a este pueblo, no tenía la maleta que llevo conmigo al frente. Solo hablan y murmuran, pero no saben nada. La gente casi siempre cotillea sobre la vida ajena, se dice que así no pueden escuchar sus propias críticas porque se atragantarían de tanta queja sobre sí mismos. Yo pienso que ya estan hartos de sí mismos y que prefieren escuchar otra tonalidad, más felina y mordaz, en sus voces al hablar de los demás. Si, debe de ser eso porque, cuando escuché a una vieja comadrona hablar de mí el otro día, no tenía el mismo tono cantarín y desdeñoso que cuando hablaba de sus males de amores en la juventud.
Ya anochece, sin darme cuenta me he quedado estampada frente a la ventana y con el calor que hace el viento frío me ayuda a refrescar los pensamientos. Marta me está llamando, creo que ya está la cena, pero no tengo apetito alguno. La calle se ha tornado negra con las farolas encendidas. Las llamas dentro de las cámaras danzan vacilantes mientras las sombras juegan gracias al reflejo de las primeras. Siempre he sido así, miro a la distancia y el pasado regresa a mi cabeza, como si un proyector se encendiese cuando las velas aparecen en las calles. Marta vuelve a llamarme para la cena. Suspiro, me arreglo el chal y con pasos quejumbrosos y las manos sosteniendo la panza, voy hacía la cocina.
La encuentro sentada frente a la plancha, con los leños crepitando dentro de la cámara y el metal calentando una tiznada olla de barro. Me tiende una taza de café del que exhuma un hilo de humo y aroma terroso. La acepto y me siento junto a ella―: ¿No sientes calor, Marta? Ahí arremetida entre la pared y el calor de la plancha―, doy un sorbo al café, le falta azúcar―, te vas a poner más roja de lo que ya andas.
Ella me mira con ojos desdeñosos y dibuja un mísero intento de puchero en sus rasgos cetrinos. No dice nada, solo se limita a señalar con la mirada mi vientre abultado. Vuelvo a dar otro sorbo―: Es menos agotador hoy, pero la comadrona dijo que por estos días ha de nacer la criatura―. Bajo la mirada hacía mi taza y examino cada falange de mis dedos como si, al mirarlos, pudiese contar los años que llevo en este mundo, como las betas de los arboles al ser cortados. De pronto siento una pequeña mano descansar en mi mano. Levanto la vista y son los ojos que escudriñan todo, esos ojos aceitunos de Marta.
―El día que nazca esa criatura que llevas dentro, sabes que vendrá a este mundo con una cruz ya grabada en la frente ¿Verdad? No habrá necesidad de llevarla a que el sacerdote le ponga la ceniza en la mollera.
Hago una mueca―: Anda, Marta, que no es la mollera, es la frente
―Pues para mí se dice igual. La cosa es, María, que esa criatura ya viene condenada. No sé si debiste venir a este lugar para empezar. Ni siquiera me has contado bien tu historia.
Me encojo de hombros y acaricio la taza que tengo entre las manos con la punta de mis dedos. Apunto la mirada sobre las aristas difuminadas de las llamas en la cámara de la plancha frente a mí, sin atreverme a mirar los ojos de Marta―. No hay nada qué contar, Marta. Solo soy una gitana sin nombre, sin hogar y sin familia. Al igual que esta criatura que llevo en el vientre.
―Pues vaya tontería. No entiendo a qué viene tanto misterio y secreto, pero allá tú. No tengo por qué sonsacarte nada.
―Hazme un favor, Marta…
Ella me mira curiosa, pero logra disimularlo tras esa fachada de dureza e indiferencia que le han dado los años. Al menos las pocas hebras blanquecinas que tiene en la cabeza dan fe de ello―. Marta, debes jurarme que el día que llegue un hombre con el emblema de una serpiente, harás como si no me conocieras. Te puedo asegurar que un día vendrá. Cuando ese día llegué… te pediré un favor, pero te pondré sobre aviso ahora para que no te sorprendas después.
―No entiendo, María ¿Qué te traes con ese secretismo tuyo? Estas demasiado rara desde que has entrado en el octavo mes. Dime ya ¿Qué favor me pedirás ese día?
―Que me quemes los ojos sin piedad alguna―, digo con rotundidad sin apartar la vista de las llamas de la plancha. Marta se ha quedado muda y un temor creciente se asoma por sus ojos negros. Poco a poco va negando con la cabeza como si pensara que me he vuelto loca, pero le tomo de la mano y le digo con voz suplicante―: Tendrás que hacerme ese favor el día que llegue, promételo, Marta.
― ¿Por… qué? ―, son las palabras que apenas alcanza a susurrar y que parece más una pregunta para ella misma que para mí
―Porque debo ocultar mis ojos, Marta. Puedo ocultar mi apariencia tras cualquier ropa que me des, pero no mis ojos. Mis ojos verdes son el signo de mi desgracia y la que le ha sucedido a mi familia y espero que este bebé que llevo en el vientre no cargue con esa misma cruz.
―María, me estas asustando, dime por qué debería de hacerte algo así. Seguro ese hombre nunca vendrá a este pueblo. Este pueblo casi nadie…
No le doy más tiempo para decir más y la interrumpo―. Además, si algún día me pasa algo, deberás de enterrarme en el cementerio con una lápida sin epitafio, sin fecha de nacimiento ni de muerte. Como si María, solo fuese un nombre más en un trozo de piedra que llego por casualidad a este mundo. Además, te dejaré instrucciones para que construyas cuatro sepulturas más a cercanías de mi tumba. Algún día sabrás la razón, Marta. Algún día.
***
Ahora veo las cuatro sepulturas frente a mí, una al lado de la otra. En la tumba principal, que ha sido ideada como una especie de nicho detrás del cuarteto, está grabado el nombre de María y con esa abreviatura en latín «Luz de Eterna Luz». Pienso en que fue Marta la que pidió que, al menos, se pusiera eso en mi lapida. Todo aquel que pase por este lugar y vea estas cuatro tumbas pensara en cuatro bebés, qué dirán si supieran que solo hay uno y que no está ninguna de las cuatro.

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