La Salvaje

Foto de Wes Hicks en Unsplash

    Nos pasamos el día entre ajetreos, entre bullicio de la ciudad, miradas cansadas, expresiones tediosas y así empezamos el lunes. Una sonrisa genuina, unos ojos que escudriñan y sonríen al posarse en el cielo ¡Eso se necesita y solo cuestan unos cuantos segundos! 

    Estos días fueron duros para mí, siguen siendo duros cuando las cicatrices del alma no sanan del todo. Estuve sumergida entre la marea de la rutina y tenía el agua hasta la garganta ¡Y para colmo no sé nadar! ¡De milagro que no me ahogo! Adoro la lluvia, pero este año ha sido duro encontrar que las primeras lluvias solo me han traído una sensación de pena, tristeza y dolor. A veces me cuestiono las cosas ¿Quién no? ¿Quién no se cuestiona? Hasta mi cuerpo me dice «Paremos ya, estoy cansada de tanto» Y entonces… respiro y miro hacia el cielo gris. Algo me faltaba.

    No estoy aquí para presentar mis dolencias y vicisitudes porque ya todos tenemos un poco de eso ¿No? Solo ha nacido en mí ese deseo de escribir lo que sea que salga de mis dedos sobre las teclas. Que conmigo, me escucharan hablar a través de las palabras escritas. Ya casi se ha convertido en una voz que sale por sí sola y que corre a mil por hora. Miren que soy parlanchina cuando hablo, imaginen cuando escribo. No habrá quien me aguante.

    El día de hoy… Comenzó con el cansancio habitual de mi cuerpo, las articulaciones adoloridas por el ejercicio y el desgaste de años. Mire hacía el techo y, con la vista de topo, entrecerré la vista y sonreí. La claridad del alba caldeaba la habitación, pero no era suficiente. Suspiré y me levanté. Me senté sobre la cama y me quede así, por unos breves momentos, luego me estire como una gata perezosa que apenas puede espabilar para iniciar el día ¿Qué esperaban? No siempre puedo levantarme con ánimos y decir «¡Que hoy me como el mundo!» Apenas me puedo comer el desayuno jaja.

    Inicié el día como siempre, pero algo me inquietaba. Ese desánimo y la decepción por ver el cielo gris y no disfrutarlo como siempre. Miraba el cielo como tal: deslucido y frío; eso no es habitual en mí. Le encuentro la belleza a ese cielo embovedado de grises y sombras. Encuentro preciosas las lloviznas de mediados de junio, pero estos días han sido como si el lente hubiese cambiado.

    Al llegar el medio día, estire el cuerpo al dejar el trabajo de lado. De pronto, como si el universo hubiera notado mi “cara de limón” recibí la llamada que me subiría el ánimo:

     ―Venga, trae a tu hermano. Tenemos trabajo por hacer en los maizales…

    Es increible como un pequeño momento, unas cuantas palabras simples y sencillas, pueden hacerte cambiar el ánimo sin saber que lo harán. No sospechaba nada, pero me encogí de hombros y me levanté de mi silla de oficina. Mi hermano llegó a los pocos minutos y me llevó a las afueras de la ciudad.

    Mientras iba sujetada a él, en la parte trasera de su motocicleta, el viento azotaba al surcar la ciudad. El cielo nublado con tonos grises y blancos, el horizonte más sombrío, anunciando un chaparrón y, sin darme cuenta, estaba sujetando mi sombrero de palma sonriendo. Cuando tomábamos la carretera hacía las afueras de la ciudad, con las curvas custodiadas por laderas, taludes rocosos, maizales recién sembrados, pinos, encinos, cipreses y un viento helado… fue como sentirse en casa. Mi sombrero casi es llevado por el viento mientras mi hermano aceleraba la motocicleta y, justo en ese momento, mi melena me cubrió el rostro y solté una risa genuina, de esas que salen de lo profundo y que se saborean después de desvanecerse.

    Al llegar al pequeño terreno de mis padres, vi a mi madre agachada entre los surcos de maíz; a mi padre jugueteando con un pequeño perro negro que movía la cola como si la vida se le fuera en ello. Me pare un segundo a un lado de la carretera y vi. Vi esas montañas boscosas bañadas en lluvia y sentí que podía respirar. A eso se le llama respirar, se hace con el alma, sin exhalar, sin inhalar… se hace con la vista.

    Pasé la siguiente hora colocando banderines rojos para impedir que las aves bajaran a comer las semillas de las mazorcas que saldrían en unos meses. Me sentía pequeña al lado del enorme talud que tenía a mi derecha, con los enormes pinos en lo alto, ligeramente inclinados, como viendo con escrutinio si hacía bien mi trabajo o no «Anda, coloca más que nosotros no vamos a espantar a los clarineros cuando se asomen». De pronto comenzó a lloviznar y pude escuchar las gotas diminutas de agua caer sobre mi sombrero. Me sentí como esos pinos, bañada por el agua fresca en medio de la naturaleza y lejos del bullicio de cláxones. Corrí a acurrucarme bajo el resguardo de una vieja retroexcavadora y miré el paisaje lluvioso. Mi madre aún en medio del agua, mascullando porque los banderines se le habían atascado en las manos. Mi padre llamando a su nuevo amigo de aventuras. Mi hermano subiendo una pequeña colina improvisada donde mis padres habían sembrado calabazas.

    Cuando la lluvia cesó, me dispuse a seguir con mi trabajo. Mis manos se ensuciaron de arena y un poco de tierra, pero se sentía bien. Se sentía como si la tierra dijera «Que bueno verte de nuevo». Cuando acabamos, me puse a jugar con el pequeño perro negro, viendo como movía la cola. Comencé a hablarle viendo como me respondía con esos enormes ojos marrones y me eché a reír. Al tocar mi cabello sentí la arena y la tierra entre las hebras. ¿Qué si estaba sucia? Pues sí, mi cabello algo rasposo por la arena, pero era como sentirse en los años de infancia donde eso no importaba. Y mientras regresaba a casa en medio de la llovizna, detrás de la motocicleta, volví a sentir lo que siempre he sentido cuando la lluvia cae y lo supe: necesitaba conectar de nuevo con la naturaleza.

    Y escuché esa canción que hizo que me quitara el sombrero y dejara que la lluvia me mojara el cabello arenoso:

 

«Todo gira tan deprisa, que hoy he vuelto a marearme

Que alguien frene esta autopista, hoy necesito bajarme


He vuelto a la salvaje,

Estoy intentando encontrarme

Hacer de mi miedo oleaje

Y de mis errores un arte

 

Quería dejar huella con el barro en los zapatos

Me enseñaba los tesoros del cantábrico

Tenía la cara morena todo el año y los mechones del pelo salados

 

He vuelto a la salvaje

Estoy intentando encontrarme

Hacer de mi miedo oleaje

Y de mis errores un arte

He vuelto a la salvaje

Lo he visto a través del paisaje

Aunque hoy no somos los de antes

Es pronto para llegar tarde»


    Ahora miro el cielo lluvioso y suspiro, pero suspiro de verdad sintiéndome llena de esa nostalgia deliciosa que acompaña la lluvia. No moja, limpia.

La canción de hoy y quizá… lo que necesitas escuchar hoy:


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