Cintas Rurales

Foto de Sajad Nori en Unsplash


“Los caminos traen mucha vida consigo, aunque las piedras y las zanjas fangosas te quiten años de vida con las canas que genera desatascar las ruedas.”


 Una tarde normal con el sol iluminando el cielo de julio. Suspiro sin saber exactamente porqué una sonrisa se extiende por mi rostro. Quizá sea el impulso de haber puesto en las bocinas del estudio las canciones que me recuerdan a mi infancia.

Sentada en el asiento del pasajero de una vieja camioneta Toyota del 91’. Si, así lo recuerdo. Mi padre solía decir que los caminos traen mucha vida consigo, aunque las piedras y las zanjas fangosas te quiten años de vida con las canas que genera el desatascar las ruedas. Mi mente se llena de esas pequeñas escenas a través de la ventanilla de aquella camioneta, como cintas de una pelicula del oeste pasadas en un proyector nuevo. El traqueteo constante, el gorjeo de los cenzontles y azacuanes, el olor a polvo por la llegada de la canícula de agosto y los pinos altos soltando sus espinas sobre el camino. Otro gran consejo de aquel hombre era «Nunca se te ocurra subir una montaña con pino seco en el camino. Caes si no sabes poner los pies de canto.» Consejos de viejo que aún aplico cuando bajo por barrancos y ―atención― no me he caído hasta la fecha [risa].

A mí mente vienen esos viajes en carreteras sinuosas, boscosas y llenas de vistas impresionantes por las montañas mientras el sol penetraba fuerte en la cabina. Recuerdo ver como mi padre solía bailar con sus movimientos al volante. Conectaba los cambios de la transmisión con una suavidad tan certera que los engranajes se deslizaban como mantequilla. Solía decirme «Algún día lo harás así ¿verdad? Pondrás el embrague y luego los cambios para que no mates la caja de transmisión» Yo asentía con entusiasmo y temeridad, dispuesta a ser como él. Hoy en día, cuando conduzco, suele alterarse ante mis arrebatos en la carretera y luego me da unas palmadas diciendo «Mi sangre. Bien conectada» Su manera de decirme que conduzco bien en montañas y sin necesidad de una caja automática. Para una mujer de pueblo, como su servidora, conducir de verdad es usar embrague. ¿Qué puedo decir? Crecí a la antigua y con un padre más chapado que yo. No imaginan lo bien que se siente conectar un cambio sin matar la caja.

En una ocasión me llevó a una aldea muy apartada de nuestra pequeña ciudad. Estaba tan escondida entre las montañas que el recorrido era toda una Odisea. En las pendientes más pronunciadas, los neumáticos resbalaban por la arena blanca que conformaba aquel camino rocoso. Como solía decir «estos caminos fueron hechos por las mulas y los burros, no es para vehiculos» y es verdad, varios de los pasajes en aquellas aldeas fueron trazados por los animales de carga que los lugareños usaban. Sin embargo, con él aprendí muchas técnicas que sabrá la providencia si aún me servirán. Padre solía dar pequeños empujones con el acelerador, decía que sí aceleras demasiado sin soltarlo solo produces fricción innecesaria sobre un material que no lo tiene. Así que aceleraba por tramos cortos; así el motor adquiría fuerza con cada aumento de velocidad sin forzar los neumáticos y luego me decía con voz grave y firme «Y todo está en el volante y tu maniobra de pies.» ¿Cómo lograba salir de esos caminos infernales? Solo él lo sabrá.

¿Sabes qué más recuerdo de esos viajes en aquella pick up? La música… oh sí. Esa música de los 80’s que aquel hombre amaba con todas las entrañas que tenía dentro de ese cuerpo robusto. Ponía a todo volumen la radio, martilleando los vidrios traseros de la cabina, mientras me dejaba abrir completamente mi ventanilla para admirar el paisaje natural. Phil Collins, su favorito. Pese a su complexión rígida y extremadamente severa, padre tenía la debilidad por la buena música de esa década, movía la cabeza mientras conducía. En aquel semblante arrugado, bronceado y moteado por el sol, podía ver la felicidad momentánea cuando la radio se encendía. Todavía recuerdo esos viejos casetes que usaba en su estéreo ―uno que adquirió de joven, cuando acababa de casarse con mi madre―, solía ponerme con un lápiz en mano para dar vuelta a la cinta a través del engranaje del pequeño carrete. Él no me reprendía por eso, cosa extraña, pero disfrutaba verme tan tranquila en medio de la naturaleza mientras movía mis pequeños pies sobre el cojín.

A mi memoria viene el aroma a cuero. De familia viene esa predilección por los respaldos de cuero. Él siempre usaba un respaldo de cuero para atenuar el dolor que le producían las horas interminables de conducción. Solía viajar mucho y casi no estaba en casa. Cuantos recuerdos vienen a mí ahora, pero ese aroma a cuero viejo es tan palpable como el plástico de las teclas que ahora presionan mis dedos.

Sin embargo, ahora ha cambiado la canción en las bocinas, ¿adivinas cuál es? Oh sí, padre me enseño bien sobre el country sin habérselo propuesto. Ahora suena Kenny Rogers y mi rostro se suaviza enmarcado por una pequeña sonrisa melancolica que me recuerda a esos viajes sobre una carretera entre las montañas, sobre pavimento y el silencio propio de aquellos lindes que conectaban a otra ciudad tan pequeña como la mía. Aún puedo escuchar sus suspiros cuando escuchaba la voz característica de Rogers mientras contaba sus historias como un trovador del viejo oeste. Mis ojos se nublan momentáneamente cuando rememoro los suspiros de aquel hombre que me llevaba en su camioneta. Para mí… Kenny Rogers es sinónimo de mi padre cuando era niña. Tan viejo, tan sabio, tan temerario, tan paternal. Gracias a él amo la música country como los demás géneros que conocí después, pero el country y la música clásica me recuerdan a mi infancia, a esos años tiernos en los que me sentía como una pequeña aventurera hija de papá.

Todavía recuerdo el día en que, en un mal frenazo de su camioneta, me hizo deslizar del asiento hasta el suelo cuando apenas tenía cuatro años. «¡Mi hija!» Exclamó alterado y me cogió del suéter para ponerme sobre el asiento de nuevo, «Nunca le digas a tu madre ¿oíste?» fueron sus palabras y yo, como buena niña de papá, jamás dije palabra [risa]. Es más, creo que me gustó el salto.

Si… varios años han pasado desde que esa camioneta ya no está. Levanto la cabeza hacía la pared que tengo frente al escritorio y veo con nostalgia la foto de aquella pick up azul, conmigo encima del capó, encuadrada por un marco de metal polvoriento. Una lágrima furtiva se desliza por mi mejilla mientras suenan las últimas palabras de la canción de Rogers:

 

«Tienes que saber cuándo aguantar

Saber cuándo retirarte

Saber cuándo alejarte

Saber cuándo correr

Nunca cuentes tu dinero

Cuando estés sentado a la mesa

Habrá tiempo suficiente para contar

Cuando el trato esté hecho»

 

Mi padre, sin querer, me dio muchos consejos a través de ese párrafo de la canción de Rogers. Y mis lágrimas, al escribir esto, no dejan de brotar. Que tarde esta. Ni idea tengo si estas palabras servirán para alguien, pero las dejo aquí. Pongo un pincho en la pizarra para que haga eco en la memoria de alguna persona que, como yo, aún recuerda esos viajes en el auto de esa persona especial en sus vidas, les haya dejado marcas del tipo que fuesen. 


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