Hogares Detenidos en el Tiempo
El día comenzo como
cualquier otro. Mi vista puesta en el techo, perdida entre las rugosidades de
la textura y las sombras que se formaban por la claridad que entraba por el cortinaje.
No lo sabía, no sabía que hoy escribiría esto, pero… aquí estoy, escribiendo un
sentir profundo envuelto en palabras.
Contaré un poco sobre mí, no es algo trascendental en mi opinión ―o quizá sí, según quien lo vea―. Siempre fui de pocas palabras. Desde aquellos años de infancia en que el decir distaba mucho del hacer. Solo valía la acción, no la opinión. Así que me acostumbre a esa pequeña burbuja en la que tenía todos mis mundos. Necesitaba a pocas personas, poquísimas, para sentirme acompañada. En consecuencia ―mala o buena― nunca me aferre a nadie, siempre pensé que si sola nací, sola podría estar y morir cuando llegase la hora. No le temía al aislamiento, adoraba la soledad y sigo haciéndolo.
A lo largo de mi travesía en la laguna epistolar ―por no decir un mar con infinidad de especies―, tuve la dicha de conocer a personas maravillosas. Entrañables almas que dejaron una huella tan calcinante en mi corazón que sus nombres siguen grabados como cicatrices dulces, que no queman, pero que aun calientan. También he conocido a otras personas, más errantes, más distantes y temerosas de la perdida. Recuerdo cuando alguien me dijo por primera vez lo siguiente: «¿No te pasa a ti que, cuando las personas buenas se van, te decepcionas, te hiere y te afliges?» o esta otra observación que me hicieron tiempo después «Yo no me abro a cualquiera ¿Sabes? Porque temo que me conozcan y luego se esfumen como un fantasma… Les das el poder para herirte» Creo que esta última me lo dijo un muchacho de Corea del Sur.
Cada vez que encontraba a una persona que me decía algo parecido, yo solo sonreía. Lograban hacer que esbozara una sonrisa sincera y cargada de comprensión. Entiendo a lo que se refieren, sin embargo, no comparto el sentimiento. La mayoría de veces, cuando he conocido a gente sumamente interesante, no me hundo en la decepción de su desaparición. Miro la niebla por donde se han ido y hago una reverencia con la cabeza agradecida. Siempre he dicho que las personas somos como trenes y estaciones a la vez. Algunas veces nos convertimos en estaciones y nos quedamos en un solo lugar, enraizamos nuestros cimientos en la tierra y estamos abiertos a la llegada de algún tren. Otras veces queremos ser vagones y, de aquellos cimientos, nos brotan ruedas que se dejan llevar por los rieles de la vida. Con el tiempo, gracias a esa pequeña burbuja que tuve desde la infancia, supe que las personas vienen y van. No es que nadie lo sepa, pero creo que no todos lo aceptan con agrado y reverencia. Las partidas son parte de la vida, caminar está en nuestra naturaleza ¿Por qué esperar que los demás se queden parados en un solo lugar?
Sin embargo, confieso que, en tan solo pocas ocasiones, he sentido la añoranza hacía esos vagones que dejaron mi estación. Me he quedado esperando, con la mirada clavada en el horizonte, a esas almas que retornen o que vayan por segunda vuelta y miren que sigo donde me encontraron. No me decepciono cuando las personas se van, ni me siento juzgada cuando muchos se marchan al conocerme y no poder entender quién soy, no me hieren porque no han dejado una huella real. Pero en la vida hay excepciones ¿verdad?
Encontramos tesoros escondidos en lo más recóndito del mundo, provenientes de los lugares más insospechados y eso es un regalo del destino. Es como si, sin darte cuenta, quien te toca la espalda para que voltees dijera «¡Eah! ¡Aquí estoy desde hace tiempo y no me ves!» Que reconfortante se siente. A veces pienso que no tenemos un solo hogar, tenemos muchos ―como muchas vidas hemos tenido―. Yo he encontrado pocos hogares donde me he sentido abrazada y cálida. Y eso no se puede comparar a una estación. Mis hogares ya no todos estan y eso pesa, pesa mucho. Ya no volveré a sentir el aroma de sus alfombras, esos brazos reconfortantes disfrazados de letras y cuesta aceptar que no podré volver a ese hogar. Pero así es esto, ¿No? La vida nos da regalos y, cuando se acaban o se desvanecen, nos quedan los recuerdos y las memorias de los sentimientos y emociones que llenan nuestro interior y desbocan en una sonrisa furtiva.
Hoy, sin darme cuenta, sentí el temor de perder a esos hogares que aún permanecen. A esos trenes que siguen en mi estación. Por primera vez en mi vida, sentí el temor de perder a uno de esos amigos que llenan el corazón y acarician con sus palabras. Con esto no le estoy restando importancia a mis demás amigos ―tan pocos como los dedos de mi mano derecha―, porque amigo es amigo, el resto de la gente… son conocidos. Para todos esos amigos ―que saben bien quienes son y que ha permanecido conmigo― es esta pequeña carta. El que no lo diga siempre, no significa que no ocupan ya un lugar sagrado en este hueco que cree de niña. También es para los que ya no estan y siguen siendo mi hogar, para esos amigos que me enseñaron tanto y que siguen enseñándome, aunque ya no estan.
Pero en especial, hoy he tenido que despedir ―ruego que temporalmente― a uno de mis faros que me hacía sonreír y llorar al mismo tiempo. Por ti, estaba mirando el techo y rogando porque regreses con bien y a salvo. Que ninguna palabra que salió de tus labios me ofendió ni me hirió. Al contrario, cada lágrima era una que agradecía tu aparición entre aquellos globos terráqueos que vi en una postal tuya. Si alguna vez dudas de que puedo desaparecer, sigo aquí. Siempre lo he dicho, yo sigo aquí para ti como tú lo has estado para mí. Sigo aquí para todos aquellos que buscan una mirada sin crítica y sin prejuicios, quizá algo temerosa por no decir lo correcto, pero siempre cuidando el corazón de los demás.
*Querido amigo… no es una despedida, es un «vuelve pronto, que yo sigo aquí» Que, si el recorrido se te hace dificíl, ya sabes dónde encontrarme, tienes más de un acceso a este hogar donde encontraste una buena amiga. Seguiré sentada en el café de la esquina, viendo el puerto mientras la lluvia cae, acariciando el lomo de Dosto mientras ambos recordamos el aroma del clavo de tu cigarrillo, con mi ninfa enviando plumas cada cuanto para que te den su luz en tu travesía.
Rosmery*

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