El Silencio de una Sonata

 

Los rayos de sol penetran los pliegues del cortinaje del estudio con esa típica melancolía, acompañada de calor otoñal claro. El viento frío mece las ramas de un rosal solitario con los pétalos colgando sobre las capuchinas, y el sonido ahogado de un compresor de aire al otro lado de la calle. Una pequeña ninfa de cresta amarilla rasca con el pico la barandilla de metal sobre la que está parada, y ahueca el ala buscando las hormigas furtivas entre sus plumas por estar jugando entre las enredaderas.

¿Puedes escuchar el sonido de un claxon desde la calzada, donde viejos encinos encorvan sus ramas como si la vista de abajo fuera más interesante que la de arriba? El rugido de un motor rompe la quietud en la calle, mientras veo de reojo a dos golondrinas que bajan a picar las migajas sobre la baldosa.

Hace dos días pillé a tres metidas en casa, bajo el domo transparente que cubre la camioneta de mamá. No sé si ellas estaban más asustadas que yo, pero salieron revoloteando entre el barandal de metal y el balcón de madera. El chihuahua negro que tenemos sobre la terraza, solo las observó correr despavoridas entre los vientos de levante, como diciendo «Vengan otro día y les aviso con más tiempo cuando no haya nadie en casa»

Y hoy, mientras estiraba el cuerpo sobre el colchón y el cabello se me revolvía entre las almohadas, miré al techo y una melodía saco una sonrisa de mi rostro adormilado. Fue como esas viejas notas que sacas de un cuaderno como cuando eras niño, te preguntas con cierta nostalgia mientras miras a la distancia, en retroceso: «¿Está era mi letra? ¿Estás fueron mis palabras?» Y luego sueltas un suspiro profundo de reconocimiento «Sí… este era yo» Estando sobre mi cama, con la vista en el techo encalado, sentí ese reconocimiento al escuchar las teclas de un piano. Pero no solo era el sonido de las teclas, ni la madera de cada una de ellas, era el sonido de la tela del compositor… o del silencio tras cada nota.

¿Alguna vez te has sentado a escuchar el silencio entre música y letras que sale de un estéreo o una bocina? Es sublime, casi acogedor y te sientes como una pequeña tesela, como las baldosas en los jardines: resquebrajada, desubicada, roída, imperfecta, pero… en el lugar correcto. No hay pensamientos intrusivos en el silencio real. Eso se sentí cuando escuché esa melodía: los silencios que están ahí.

Y ahora… ¿sabes qué más estoy viendo mientras escribo esto? A una niña pequeña. Una al lado del escritorio. Abstraída en un cuaderno mientras trata de estudiar para su examen de la tarde, pero se muestra tierna, dulce… presente. Y ella también escucha. De fondo… suena el mismo piano, el mismo mutismo entre tonada y tonada… y el del teclado mientras escribo ¿Son sonidos de infancia los que quedan en la memoria? Quién sabe, hay sonidos que vienen a mí y que me saben a nostalgia infantil.

En fin, hoy quería escribir para ti, quién quiera que seas. El viento que acaba de entrar por la rendija de la puerta revuelve las hojas del estudio, que estan plagadas de olor a vainilla, hojas de otoño y anís, quizá, solo quizá… te lleguen esas esencias a ti también.


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