Donde Calla la Bruma

Foto de Mario Amé en Unsplash

Había una vez una mujer de raudos cabellos azabache que se movían con el viento que traspasaba los cedros, de aquellas colinas que se alzaban entre barrancones llenos de silencio. No se escuchaba sonido más allá del trinar de las aves, de los gorriones y de los cuervos. El murmullo lejano del río, al pie de una montaña, perforaba la enmudecida loma desde donde, ella, tan perdida miraba el horizonte.

Si pudieras verla de nuevo, si la vieras ahí parada a la orilla, verías ese vacío a la que la vida la condenaba. La rabia se mezclaba entre sus pestañas y las hebras que acariciaban las ráfagas de viento. La neblina se alzaba desde lo profundo del barranco y bañaba sus parpados con el agua del alma, con ese dolor hecho rocío entre sus mejillas heladas. «¿A esto me han condenado mis raíces? ¿El arco ―que son mis progenitores― a este destino han lanzado mi flecha? ¿No decía el poeta: “dejad que vuestra mano de arquero sea para la felicidad”?»

Un grito desgarrador traspasó el silencio cortando el arrullo de la bruma entre los árboles de aquella mañana, una sombra fugaz pasó a su lado y ella…

Con una mano sobre el vientre se desbarataba sobre la hierba húmeda. Sus rodillas adoloridas apenas la mantenían en pie mientras su pecho permanecía mudo, su garganta acallada mientras sus ojos miraban hacia el precipicio. Ahí, entre las ramas, las rocas y al borde del vacío, yacía él.

Extendió la mano para ayudarlo a subir, su pie suspendido por una rama al haber saltado. La desesperación se fusionaba con la rabia que sentía como hiel en los labios. ¿Por qué la vida la escarmentaba a esta cruz? ¿Por qué aquel corazón se rompía por otro que lo había traicionado?

―¡Anda necio! ―Gritó ella en medio del silencio y las aves dejaron de cantar, la bruma la envolvía como un abrazo lúgubre.

―¡Prefiero morir! ¡Prefiero morir que soportar la traición! ―Esas palabras, ellas las había escuchado tantas veces, pero siempre eran vacías. Solo la verdad se ocultaba tras el aliento del alcohol en los labios de él. El delito más grande que puede cometer una mujer contra sí misma: amar un corazón que no es suyo. Y él… él sufría mientras ella veía, quieta, suspendida entre lo que el corazón decía y su alma reclamaba.

Más gritos desgarradores acuchillaban esa afonía del bosque, hacían alzar el vuelo de las golondrinas y los cuervos. Desde lo alto de los pinos los buitres aguzaban la vista, esperando ansiosos la carne del desdichado y el alma de quien, necia en medio del amor y el deber, luchaba por sostenerlo del acantilado.

Y entonces… ―¡Ahhhh! ―El llanto de ella, desde lo más profundo del pecho, manó como agua entre rocas que cubren los caminos. El viento se alzó y los pinos agacharon sus copas: el duelo de un corazón que anhela lo ajeno. ―¿¡Acaso no pudo el cielo concederme menor castigo!? ¡Amando a un corazón que anhela a otro! ¡Qué está al borde del precipicio mientras mi vientre lleva su sangre!

Año tras año, ella viviría así, con la mirada perdida y el corazón convertido en piedra. El único testimonio de su sufrimiento: la reverencia de los buitres al alzar el vuelo y comprender: «Ella no lo dejará marchar, aunque sea su verdugo»


Comentarios

Entradas populares