Donde Calla la Bruma
Había
una vez una mujer de raudos cabellos azabache que se movían con el viento que
traspasaba los cedros, de aquellas colinas que se alzaban entre barrancones
llenos de silencio. No se escuchaba sonido más allá del trinar de las aves, de
los gorriones y de los cuervos. El murmullo lejano del río, al pie de una
montaña, perforaba la enmudecida loma desde donde, ella, tan perdida miraba el
horizonte.
Si
pudieras verla de nuevo, si la vieras ahí parada a la orilla, verías ese vacío
a la que la vida la condenaba. La rabia se mezclaba entre sus pestañas y las
hebras que acariciaban las ráfagas de viento. La neblina se alzaba desde lo
profundo del barranco y bañaba sus parpados con el agua del alma, con ese dolor
hecho rocío entre sus mejillas heladas. «¿A esto me han condenado mis raíces?
¿El arco ―que son mis progenitores― a este destino han lanzado mi flecha? ¿No
decía el poeta: “dejad que vuestra mano de arquero sea para la felicidad”?»
Un
grito desgarrador traspasó el silencio cortando el arrullo de la bruma entre
los árboles de aquella mañana, una sombra fugaz pasó a su lado y ella…
Con
una mano sobre el vientre se desbarataba sobre la hierba húmeda. Sus rodillas
adoloridas apenas la mantenían en pie mientras su pecho permanecía mudo, su
garganta acallada mientras sus ojos miraban hacia el precipicio. Ahí, entre las
ramas, las rocas y al borde del vacío, yacía él.
Extendió
la mano para ayudarlo a subir, su pie suspendido por una rama al haber saltado.
La desesperación se fusionaba con la rabia que sentía como hiel en los labios.
¿Por qué la vida la escarmentaba a esta cruz? ¿Por qué aquel corazón se rompía
por otro que lo había traicionado?
―¡Anda
necio! ―Gritó ella en medio del silencio y las aves dejaron de cantar, la bruma
la envolvía como un abrazo lúgubre.
―¡Prefiero
morir! ¡Prefiero morir que soportar la traición! ―Esas palabras, ellas las
había escuchado tantas veces, pero siempre eran vacías. Solo la verdad se
ocultaba tras el aliento del alcohol en los labios de él. El delito más grande
que puede cometer una mujer contra sí misma: amar un corazón que no es suyo. Y
él… él sufría mientras ella veía, quieta, suspendida entre lo que el corazón
decía y su alma reclamaba.
Más
gritos desgarradores acuchillaban esa afonía del bosque, hacían alzar el vuelo
de las golondrinas y los cuervos. Desde lo alto de los pinos los buitres
aguzaban la vista, esperando ansiosos la carne del desdichado y el alma de
quien, necia en medio del amor y el deber, luchaba por sostenerlo del
acantilado.
Y
entonces… ―¡Ahhhh! ―El llanto de ella, desde lo más profundo del pecho, manó
como agua entre rocas que cubren los caminos. El viento se alzó y los pinos
agacharon sus copas: el duelo de un corazón que anhela lo ajeno. ―¿¡Acaso no
pudo el cielo concederme menor castigo!? ¡Amando a un corazón que anhela a
otro! ¡Qué está al borde del precipicio mientras mi vientre lleva su sangre!
Año
tras año, ella viviría así, con la mirada perdida y el corazón convertido en piedra.
El único testimonio de su sufrimiento: la reverencia de los buitres al alzar el
vuelo y comprender: «Ella no lo dejará marchar, aunque sea su verdugo»


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