Un Sueño
Hoy desperté con el toque de tu rodilla junto a mi
pierna, fue lo más extraño que pude sentir últimamente. Entre aletargada y exhausta,
veía al techo y me perdía entre la luz del amanecer que luchaba por entrar en
el cortinaje. Son las mismas cortinas que miro cada mañana, pero algo parecía
distinto y a la vez familiar. Esa luz que se filtraba, jugaba conmigo, pasando
entre mis dedos cuando los extendí al cielo y mis labios solo dibujaban una
tenue curva. ¿Qué significa ese sentimiento? Lo ignoro.
Pasé la noche como un pequeño capullo entre las sabanas y
mantas, sabes que tengo la manía de arrobarme y esconderme como esas dormideras
que tenía en el jardín. Con sus pétalos recibían el rocío del alba, para
después esconderse tras las hojas de la cala. El frío les encantaba ¿recuerdas
eso? El viento que se colaba por la abertura del jardín solía arrullar las
hojas y enredaderas, pero ninguna lo disfrutaba tanto como las dormideras, tan
preciosas y llenas de vida cuando el viento las acariciaba. Así me gusta sentir
el frío. Y hoy, metida entre las mantas, podía palparlo entre los dedos.
Saqué la cabeza un poco ―solo un poco― y arrugué la nariz
mientras olfateaba la habitación: canela y manzana, con un toque de vainilla y
hierbas viejas. Recostada de lado, observé los ramilletes de lavanda seca y
hojas de té limón que tengo sobre el espejo del tocador. Algún día volverás a
probar mis infusiones, sí… algún día.
Luego de minutos sopesando la idea de levantarme y sentir
la cerámica fría bajo mis pies, decidí estirarme un poco sobre la cama. Es
increíble la sensación de estirar el cuerpo ―como las acacias que se elevan
sobre los arbustos― después de una noche donde te vi, en sueños.
Una sonrisa más ancha delató el rubor que el frío de la
mañana ocultaba en mi rostro. Te vi en sueños, tan tú, tan dulce, tan… palpable.
Estabas a mi lado, con esa picardía en la mirada y esa sonrisa enigmática que
todo lo oculta y, a la vez, dice mucho. Te veía entre un cielo cubierto por
nubes de mercurio y plata, entre el destello de un pueblo añejo y las sombras
de un pasado que se destila por recuerdos. Tú: tan elegante y seguro, con el
toque de la incertidumbre del reconocimiento. Te preguntabas «¿Ella… me
reconocerá? ¿Me dirá que sí, si le pregunto?»
Y yo: tan insegura y buscando entre los rincones, de un
coche destartalado, una salida para mi vergüenza. Tus dedos se deslizaban por
la tela de mi sudadera roída, tus pupilas barriendo todo rastro de piel que
dejaba ver la ropa y tu voz… esa voz ronca y profunda que me susurraba tan
cerca de la mejilla que, juraría, escuchabas retumbar el palpitar en mi pecho.
―¿Volveremos a encontrarnos otra vez? ―Mis parpados
temblaron al escuchar tu pregunta, pero fue el tono de tu voz lo que me
desarmó. Tu timbre nostálgico que indicaba: «no quiero dejar de verte»; esa
revelación provocó que tu contacto tan íntimo me hiciera temblar.
Mi mano se extendió demasiado tarde, porque solo pude
atrapar el aroma de tu colonia a romero y cedro. Corrí fuera del coche, pero…
solo quedaba una calle empedrada con rejas y ventanas de hierro forjado en los
costados. Las buganvilias florecían sobre los tejados de barro, pero tú… ya te
habías llevado todo color.
―Pero si es para una noche, no quiero volverte a ver.
Pero si es para toda la vida, me quedaré.
Las palabras se desdibujaron entre la bruma de esa calle
solitaria y solo queda el retrato de esa sonrisa en tus labios.


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