Llovizna Ligera
Los ecos de la memoria siempre dejan ondas ¿no es verdad? Supongo que tú eras más que un eco. Eras la voz. Y no fue fácil acallar ese sonido que reverberaba en la cueva de mis recuerdos. Siempre te veía frente a esa ventana, con las gotas de lluvia salpicando tu rostro. Me imaginaba ver esos ojos escudriñando la lluvia, el contorno de los barrotes y los rosetones que los componían. Una sonrisa se escapaba de mis labios al mirar la ventana a mi lado, con los mismos barrotes recortados por un rayo que surcaba el cielo. Solo de pensarlo… sé que te habría encantado ver ese cielo nuboso, lleno de colores cenicientos como las acuarelas en el lienzo. ¿Acierto?
Pero estabas tan lejos, como las mismas nubes que deseaba
tocar con la punta de los dedos. Esas tardes, cuando el cielo anunciaba
tormenta, apoyaba mi hombro sobre el marco de la ventana y me rodeaba con los
brazos sabiendo que estabas en algún lugar, a distancia, tan lejano como el sonido
del trueno reciente. Sacaba una mano y dejaba que las gotas de lluvia repiquetearan
sobre mi palma. ¿La habrías tomado? ¿Habrías puesto tu mano sobre la mía?
¿Habríamos entrelazado los dedos en una caricia que jurase nunca soltarnos?
Entonces cerraba mi palma, como si ya supiera tu respuesta.
Un mechón de cabello solía caer sobre mi mejilla, y yo
juraba que era uno de tus dedos sobre mi piel fría. Era como un soñar un
momento… uno robado que ni tú sabías que estaba siendo creado desde un balcón
que miraba la vieja ciudad, sobre una calle empedrada que daba a un antiguo
cementerio. Aquel paisaje se convirtió en tuyo y en mío, aunque tú ni sabías de
su existencia.
Solo deseaba que tomaras aquella mano que se extendía
hacia el exterior, como un ruego por sentir tu tacto. Una piel que nadie había tocado
antes, solo tú en sueños. Quería robar un poco de ese calor que tenías en el
corazón. Sin embargo, la lluvia anunciaba la tormenta que se avecinaba.
Y ahora, sigo viéndote en ese espejo junto a la ventana,
con luces atenuando la tristeza en tu rostro. No has cambiado nada. Sigues
siendo el mismo. Eso sigue robándome el aliento. Permitámonos solo un momento
de desastre, de caos. El arcoíris saldrá mañana en el horizonte y seguiré
anhelando verte otra vez.

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